Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
UY adelantado se hallaba ya el estudio de la Topografía cerebral en el siglo XXVI, cuando el doctor Gagenbach, tu esco de nación, logró fijar y localizar con precisión absoluta dos cerebros, ó para hablar con entera propiedad, las relaciones íntimas entre dos centros cerebrales, c u y o estudio estaba llamado á hacer una revolución en la vida de la 1) ctor Gagenbach un mediano ¡investigaciones biológicas eco del círculo de sus amigos I pequeña ciudad de Silesia, rio, al que asistían, más por unos cuantos médicos y psiI quienes encantaba la facilinnitía que dentro de la habifumase y hasta se bebiera en algunas ocasiones no parecía centro de estudio y de investigación, sino más bien tertulia de café ó de casino, en la que se hablaba de todo y cada cual contaba alguna historia amena ó entretenida. A veces las carcajadas eran tan sonoras, que os conejos de Indias encerrados en un jaulón se apelotonaban unos contra otros, llenos de miedo y apestados de humo y de vaho de cerveza. Gagenbach oía á todo el mundo con benevolencia, y las historias más banales y chuscas encontraban atención en él. A su vez solía contar de vez en cuando, para no le tomasen por desatento y egoísta, alguna curiosa anéci de los locos del manicomio de que era director, y al cual contaba las horas que el laboratorio le dejaba libres, I: quellas frecuentaciones de personas vulgares y casi profanas convertían el laboratorio en una reunión de charlatanes ocio sos, hicieron perder mucho crédito á Gagenbach. Los pocos sabios alemanes que conservaban noticia de su nombre, le reputaban como un extravagante chiflado. ¡Gagenbach! Eso no cuenta para nada- -solía decirse en los terriblemente serios y cejijuntos laboratorios de Berlín y de Jena, organizados militarmente y donde á nadie se permitía ni sonreír siquiera. Lejos de incomodarle, al doctor le satisfacía el desdén de sus colegas. Ya hemos conocido que era sabio de verdad, pues sabemos que era indulgente y que gustaba del trato de los profanos. Una noche, la atmósfera del laboratorio era casi irrespirable. Cargada la estufa, encendidos tres hornillos, reunidas en el saloncito doce ó catorce personas con sendas pipas, é invadiendo, además, el ambiente el vaho de un sinnúmero de historias amorosas y picantes que se habían contado, una neblina azul en principio, después parda, lo invadía todo. No era posible ventilar, porque fuera la nieve caía incesante. La tensión de los espíritus en aquella atmósfera enrarecida y caldeada era grande. Aprovechando aquella circunstancia, el doctor Gagenbach reclamó el silencio y habló así: -En los años que llevamos reuniéndonos aquí, con mucha honra y complacencia por mi parte, habréis visto, señores, que yo no he dejado de trabajar y hacer ensayos para el estudio de la encéfalobiología; hemos practicado vivisecciones cuyos resultados eran bastante luminosos y abundantes para que un charlatán cualquiera hubiese fabricado con ellos una teoría biológica que le diese nombre y fama; hemos contrastado gran cantidad de hechos sobre los cuales hubiéramos podido establecer inducciones que tendrían á este laboratorio en un crédito mucho mayor del que ahora goza. Pero Hans Gagenbach, que os habla, tiene el honor de despreciar las vanas reputaciones y el estruendo de los periódicos. Es más: me molestaría en extremo tener una cohorte numerosa de discípulos, admiradores y envidiosos. Por eso, al mismo tiempo que investigábamos y experimentábamos, nos divertíamos hablando de asuntos de la vida corriente, relatando añejas historias, exponiendo las risueñas perspectivas de lo futuro. Yo veía vuestros cerebros funcionar, y esta experimentación en vivo, hoy ya casi olvidada ó menospreciada por unos pretendidos sabios que no son capaces de ver lo que traiDaja y cómo trabaja el cerebro bajo la bóveda craneana, me ha servido más que todas cuantas experiencias llevo hechas en monos, perros y conejos de Indias. Hoy puedo afirmar en concreto algo á lo cual he llegado por inducción más que por experimento, algo que me ha entrado por los oídos antes que por los ojos, observando vuestras conversaciones de hombres cuerdos y discretos y las de los alienados de mi manicomio; puedo- -fijaos bien, señores, pues éste es el momento más solemne de nii vida científica- -puedo producir á voluntad la amnesia ó pérdida de la memoria; pero, sin que yo acierte á