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complicadas, que quisiéramos tener mil oídos y mil orejas para escuchar con todos ellos aquella nota única. Otra ermita contesta con su campana; después, la capilla más grave da su voz; más tarde, y lejos, habla otra nerviosamente, y luego otra y otra, dulces, tranquilas, ritmosas, balbuceantes; cada una desarrolla bajo el cielo benigno del atardecer el sereno tapiz de meditaciones que ha tirdido sobre su soledad el eterno cenobiarca que las tañe. Estos monjes tienen muertas sus viejas lenguas purificadas, y dejan á las campanas que conversen en su lugar. Doscientos cincuenta y tres tañidos debe dar al día cada ermita. ¡Ah! la voz de las campanas de las celdas es una música teológica que echa sobre el pensamiento paños blancos de sosiego. Cerca de nosotros chirrían los goznes de una puerta. De ella sale un ermitaño con su bordón de coro; comienza á andar por una vereda entre los setos espinosos, y se dirige á la capilla. Es un viejo cetrino y alto que al caminar cojea. A seguida, otros solitarios abandonan sus huertos con un bordón igual en sus manos obscuras. Y es una imagen exótica de otros países y tiempos la que ofrecen estos peregrinos de barbas abundosas, haciendo vía aquí y allá por toda la extensión quebrada del Desierto; ahora aparecen destacándose ante el cielo como si llegaran de la Tebaida en una nube de oro, y á poco se hunden en un barranco y vuelven á aparecer indecisamente entre los árboles, borrándose sobre la tierra del mismo tono caliente que sus hábitos. ¿Quiénes son estos hombres? Son, en su mayor parte, campesinos toscos que, heridos por un súbito fervor, ascienden á e. ste monte, y aquí se olvidan de sí mismos por espacio de algunos años y aun todo el resto de sus días. No hacen votos solemnes de EL HERMANO MA vida monástica. ¿Para qué? ¿A qué dar á su aislamiento el matiz sombrío de una acción irremediable? Visten el sayal, cubren su cabeza con esa extraña nionterilla de judío, se ciñen los lomos con un rosario hecho de huesos de aceituna ó una ancha correa, dejan crecer sus barbas y enjaulan en u n a de estas celdillas toda la casa de fieras de sus instintos. Conforme pasa el tiempo, van despojándose de ellos y arrojándolos delante de sí con la ingenuidad, con la lentitud, con la sencillez con que se tiran piedrecillas en un agua muerta. En Constantinopla, donde tanto escasea, ha una sociedad de liebednres de agua; quienes la forman, reparten sus simpatías entre aguas de diversas estirpes, y unoíj prefieren la del Eufrates, porque son biliosos; y otros las del Danubio, porque son linfáticos; ó la del Nilo, por afición arqueológica. ¿Qué secretos no sabrán del agua cuando hacen del bebería un arte? De análoga manera, los e mit a ñ o s bebedores de soledad, son grandes entendidos en sosiego. Acaso no mediten mucho, como los catadores sabios no a c o s t u m b r a n beber demasiadamente. Alguno, de entre ellos, ha vivido en todos los lugares apartados y quietos de la tierra; en cada uno ha gustado la soledad ambiente, j- por último se ha fijado aquí, p o r juzgarla la más útil para su vida interior. A vtis soledades de mis soledades voy, vengo. UN ERMITAÑO EN 0 K. A. C 10 N decía Lope de Vega. Estos hombres- islas saben más y se están quedos, dejando que las soledades vayan y vengan al través de su espíritu, llevándose en aluvión la escoria de las pasiones. Y así, estos hombres llegan á tener sus almas tan pulidas como cantos rodados, ó más bien como huesos enterrados en cal. FOi; (JGP. AHAS ALVAKEZ DE TOLEDO JOSÉ ORTEGA GASSET