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(iCiPO REVISTA- ALUSTRADA ANO XV MADEID, 28 DE ENEBO DE 1905 NÜM. m fe í j I DIÁLOGOS CONYUGALES MERENDANDO EN DHARDY xcelente el consommé. También los emparedados están muy buenos. Este hace el número seis. -Se conoce que el paseo te abrió el apetito. ¿Quieres Falerno, digo, Jerez? Te suplico que me perdones, pero desde anoche que fuimos al ¿Quo vad s? todo lo veo en romano. Hace un instante estaba muy divertido imaginándome al simpático Pepe, representante y consocio de Lhardy, coronado de rosas. Fíjate bien en él: su robusta persona constituye. la mejor recomendación del establecimiento. Observa qué sonrisa bonachona se extiende por su colorada faz asturiana, sonrisa de hombre bien alimentado; plántale la corona de rosas, y en vez del vulgar nombre de Pepe adjudícale el de Juvencio ó el de Plaucio. Yo me lo imagino algo filósofo, epicúreo por supuesto, y con un cargo, asi como iiia 3 ordomo dé los Césares. ¡Por Júpiter, que les dispondría magníficos banquetes! -El consomf! íeta. n grato álos senadores españoles te convierte un poco en senador romano. Pero á mí la- Roma que vemos en escena no me despierta ideas gastronómicas; todo lo contrario. Así como en una obra contemporánea el verismo teatral impone ya la obligación de que los personajes coman realmente cuando la acción exige que coman, en los banquetes y cuchipandas romanas aquéllos se contentan con levantar la copa recubierta de papel dorado jurando por los dioses. -Sin embargo, comían; ¡por lo menos, Ligia debía tener un apetito de primer orden, y también al elegante y burlón Petronio se le notata la curva de la felicidad- -señal cierta de una alimentación abundante- -por encima de la toga. Tanto comían, que la maj or dificultad con que tropezaron en el teatro de la Princesa para llevarnos á Roma por todo, fué el encontrar un individuo con fuerzas bastantes para conducir á cuestas á la señora