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Un problema á medio resolver Cuando comenzaron las damas á aficionarse á este deporte del automóvil, se preocuparon, ante todo, de saber manejar la máquina y no de parecer en ella tan galanamente como en un coche de lujo. Bastábales sujetarse bien el sombrero con múltiples agujones imperdibles y con un velo muy fuerte y espeso; mas esto era suficiente para las pequeñas velocidades. A sesenta kilómetros por hora no hay sombrero que resista; y aun cuando las personas que viajan en automóvil c o n c e d e n naturalmente, escasa importancia al hecho de que un sombrero se estropee, no así á la triste circunstancia de presentarse al llegar á una ciudad cualquiera llevando en la cabeza un guiñapo deforme y polvoriento. Por otra parte, la experiencia acredita un día y otro la necesidad de usar anteojos en automóvil para preservarse de las oftalmías y catarros que producen el polvo y la frialdad y fuerza del viento. El velo, por mu tupido que sea, nunca resguarda los ojos como unas buenas antiparras de cristal, con su anteojera de caucho ó de seda; y las anteojeras hacen casi imposible usar el sombrero de forma ordinaria.