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tores viendo al doliente. -Suele acometer con preferencia á reyes, á potentados, á canónigos y á frailes, por razón de su vida y costumbres. Se advierte que esta enfermedad dei príncipe es crónica, y viene desde largo tiempo minándolo y consumiéndolo. Aunque está en el último período, tiene todavía remedio. ¿Y cuál es? -preguntaron los palaciegos. -Uno seguro y experimentado en nuestro país. Bn la región oriental de esta parte del mundo, bajunas fuentes de virtud milagrosa para estos males. Sus aguas, limpias y transparentes cotuo la verdad, purifican la sangre, disuelven los malos humores y vigorizan el organismo. Enviamos allá á nuestros enfermos. Iban demacrados, temblorosos, como si fuesen presa de terror secreto; melancólicos, como si aborrecieran la vida; fatigosos, como si faltara aire á los pulmones; y luego que bebían aquellas aguas por espacio de pocos meses, regresaban sanos, fuertes y contentos. ¿Y están muy lejos los manantiales? -Muy lejos. Para encontrarlos hay que pasar larguísimas tierras, anchos ríos y abruptas montañas. ¿y cómo podían los enfermos hacer tan penoso viaje? -Con tanta comodidad como pre. steza. En ver- -ifi bres vasallos pueden gozar de esas fuentes, vedadas para mí? -Y maldijo de su país, jurando llenarlo de rails, vagones y locomotoras. -El señor procederá cuerdamente dejando ese beneficio á su sucesor. ¿A mi sucesor? -Esa es obra larga, y antes de acabada, acabará la preciosa existencia del príncipe. -Pues si no puedo ir á esas fuentes, vengan ellas á mí, -dijo Honorio. -Vosotros, mis fieles ministros, mis leales servidores, reunid los soldados más duros, los jinetes niás ágiles, los caballos más ligeros, y pasad con ellos tierras, montañas y ríos, hasta llegar á las fuentes de salud, y traedme de ellas el agua bastante para llenar las cisternas de mi palacio. Las órdenes fueron ejecutadas tan pronto como oídas. Pero el tiempo ganado por el apresuramiento no rescata ya el perdido por la imprevisión, ni lo hecho á deshora vale como lo hecho en sazón oportuna. Los servidores salieron, los jinetes no descansaron, los caballos galoparon. Y pasaban días y días sin llegar á las fuentes de salud. IvOS servidores emprendieron el de retorno; los jinetes no descansaron á la vuelta; los caballos volvieron grupas, cargados con muchos cántaros del aa; ua salutífera. X ifSS i A asi í y daderas habitaciones portátiles, con sus camas, sillones y mesas; todo llevado en los trenes del ferrocarril, que atraviesa las montañas, recorre las tierras y pasa sobre los ríos. -Pero yo... no... -exclamó el príncipe desesperado y sin atreverse á terminar la frase por sentimiento de vergüenza. -No puede ir, efectivamente. Habría de hacer á caballo un viaje de cientos de leguas. El señor no está para emprenderlo y menos para concluirlo. ¿De modo que en ese reino feliz, hasta los po- Y pasaron meses y meses, y el agua, llegada tardíamente, sirvió sólo para regar los cipreses de la t u m b a d e Honorio, enterrado ya en los jardines del palacio. El poderoso príncipe había muerto envidiando á los plebeyos que tenían en sus tierras ferrocarril que les acercara á las fuentes de salud. Había muerto de su odio al progreso. El progreso se vengó fieramente. EUGENIO SELLES DlIiUJOS DE MÉNDEZ BRINCA