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FUENTE DE SALUD ONORio, príncipe y señor de Teolandia, tenía muchas razones para amar las leyes y costumbres antiguas y aborrecer las modernas. En primer lugar, su poder absoluto procedía de la tradición hereditaria. En segundo lugar, sus antepasados fundaron y sostuvieron, precisamente con sus leyes y costumbres bárbaras, la soberanía en aquel territorio extenso de que él gozaba ahora. En tercer lugar, los estados y reinos colindantes establecidos á la moderna padecían perpetua alteración y turbulencia, mientras el suyo vivía sosegado y silencioso. Y en cuarto lugar, sus mismos vasallos, nacidos en aquel régimen de ig norancia feliz y de obscuridad pacífica, gustaban ya de él, por adaptación del uso, -no apetecían novedades ni caiubios de ninguna especie, de igual modo que los que hubiesen vivido desde la infancia en caverna silenciosa se sentirían mortificados de la luz y heridos de la sonoridad, por alegre y grata r ue sea para otros. Los líuenos teolaudeses se mostraban tranquilos y mansos como manada de borregos que callan cuando pacen, y si no pacen balan pidiendo el pasto, pero no muerden aunque se lo quiten. Es de sospechar, sin embargo, que tanto sosiego y tan larga paciencia venían más de aniquilamiento de la voluntad y pobreza de! ánimo que de satisfacción verdadera. Véase, pues, cómo el príncipe Honorio tenía razones fuertes para mantener lo antiguo y proscribir lo moderno, alborotador sin descanso, que con el vocerío de las controvei sias, el ruido de sus máquinas, el rodar de sus trenes y el silbato de sus vapores, turba el sueño letárgico de Iqs pueblos dormidos. Por eso el príncipe de Teolandia, muy agarrado á sus tradiciones como árbol viejo á sus raíces, nunca abrió sus fronteras al comercio extraño, ni su cerebro á las filosofías nuevas, ni su suelo á las invenciones del siglo de las luces. Y si tal hiciera, el mismo pueblo habríase sublevado contra las innovaciones. Por lo cual el país estaba como Dios lo echó al mundo, desnudo de todo arte y labpreo de esos que la inteligencia y la industria humanas aplican a l a mayor comodidad de la vida. Era allí desconocido el empleo de las fuerzas naturales que sustituyen alas fuerzas del hombre en el trabajo mecánico. Eos pocos teolandeses cj ue habían viajado por los países vecinos, al ver en ellos artefactos movidos por la electricidad ó el vapor, examinaban con asombro el interior, buscando á los hombres que iban dentro para impulsar la maquinaria, y como no los encontrasen, se hacían cruces para que Dios les librara de aquellas obr; s de sortilegio y hechicería. Y cuando cierta vez uno de esos viajeros proyectó la construcción de un ferrocarril, el pueblo se opuso tumultuariamente, parte por salvar su alma de embrujamientos, y parte porque el camino de hierro perjudicaría á las muchas gentes que vivían del acarreo á lomo, según vivieron sus ascendientes j- según manda Dios que crió las bes tías para el trabajo. Honorio aprovechaba el atraso de sus subditos, porque sobre él mantenía el despotismo, pero los despreciaba desde su trono; que los pueblos degradados tienen por merecida pena el meno, sprecio de los mismos que explotan su bajeza. Pero ¡ah! también él pagó caramente su cariño á lo viejo, porque la vejez, al fin y al cabo, comu- Vi 5 i j t W nica su extenuación á cuanto engendra y produce. Eoca empresa la de oponerse al andar inflexible del tiempo. El progreso es como caballo brioso, atropella á quien se le pone delante para detenerlo, y conduce descansado á quien cabalga en él. El príncipe Honorio adoleció un día de grave enfermedad. Los médicos de cámara h a d a n cuanto sabían para conocer y remediar la dolencia. Pero sabían poco. La Medicina andaba, naturalmente, atrasada como todas las ciencias en aquel país, donde el estudio era mirado como un peligro el saber como un enemigo de la paz pública. Los médicos no acertaban, y el príncipe se moría del mal de la ignorancia común, más que del mal físico. La enfermedad ofrecía las intermitencias consiguientes: días malos, días buenos; ninguno decisivo. En los delirios de la fiebre, el pobre príncipe renegaba de su régimen político, obstáculo de la ciencia, y prometía abrir cátedras, proteger la cultura y honrar á los sabios á par de los primeros dignatarios de la corte. Pero en mejorando, ya no se acordaba de su promesa; y si alguien se la recordaba, respondía burlonamente: Decís que voy mejorando, y ya veis qué di, sparates hablo. ¡Delirios, delirios! Y vuelto á su acuerdo, cerraba otra vez la mano al liberalismo, huésped de circunstancias que suele entrar en los palacios sólo por la fuerza del peligro, como apagador de incendios. Honorio iba de nial en peor á muerte segura, y los cortesanos, que han perdido más príncipes que los demagogos, no quisieron esta vez cargar con las responsabilidades de la muerte, y transigieron llamando á famosos doctores extralijéroííiTardaron en llegar por las dificultades del viaje. En los países dormidos, hasta las leguas se duermen, y las que podrían andarse en diez horas, tienen que andarse en diez días. Pero al fin llegó á la corte la ciencia, porque llega á todas partes, tarde ó temprano. -Conocemos bien la dolencia, -dijeron los doc-