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i wr 9 BLJLKTCJL Y E E: a- H. O N negro estaba medio agazapado en el muelle de la Barceloneía. Las piernas le penc. a al ras v -fti, del agua, la cabeza la tenía apoyada en una gran argolla, y al costado tenía un cubo todo lleno de carbón de piedra. Era un negro negrísimo, largo como un día negro: flaco y huesudo, y por toda vestimenta llevaba unos pantalones de hilo y una chamarreta azul que, abierta por el pecho, dejaba ver las costillas una por una. Los que van á menudo al muelle veían todo el día al negro rondando por entremedias de los fardos, de las pacas de algodón, de los montones de trigo y de las latas de petróleo; al medio día, adormilado á la sombra de una barraca ó de una machina. Al caer la tarde se le veía haciendo eses, tambaleándose como un barco, yendo de una taberna á otra, con el cubo de carbón, que jamás abandonaba. Por la noche, vaj a usted á saber dónde dormiría. No moviéndose, como no se movía del puerto, parecía que algún barco se le había dejado allí en el muelle, ó que había llegado andando, ó que se había perdido, ó que no sabía dónde estaba. Sin oficio, su modo de ganarse la arrastrada vida era nadar, zambullirse hasta el hondón de aquellas aguas, hasta el lecho lleno de inmundicia y fango á donde sólo llegan las dragas, y sacar de allí carbón de piedra. A cada zambullida no sacaba más que un tizoncejo, y muchas veces ni eso; en cada viaje submarino, si estaba de suerte, ganaba dos ó, tres céntimos, y al llegarla noche, si había llenado bien el cubo, ¡pobre negro! ganai) a cinco ó seis reales. Aquel (lía lo había llenado con colmo y lo tenía al lado; y como ya era al anochecer y no había sido agua todo lo que había bebido, estaba medio agazapado, sin poder ya con el cubo, cuando vi lo sig- uiente: Pasó una nmjer peinada con bandolina y blanqueada la cara; y viendo al negro borracho, quiso darle una broma. Primero le dio un puntapié, y se echó á reir. El neg ro quiso alzarse, y no pudo de ninguna manera. Después le tiró de los cabellos... y venga reir mientras el otro s e defendía. Y por último, se le ocuri ió la gran idea. Ve aquel cubo, aquel montón de sudores, de angustias y de peligros, tínico capital de aquel infeliz borracho, y ¿qué hace? le agarra y le tira al mar... y venga morirse de risa. El neg ro, no pudiendo moverse, no sé qué dijo en la lengua d e su tierra; por último, se levantó, quiso echar mano al cubo, y arrancó del pecho un sollozo tan hondo que á las mismas aguas euternecía. Pero ella, ríe que reirás. Y el negro, llora que llora. Y nada más doloroso y triste que el contra. ste de aquella figura negra, llena la cara de lágrimas, con la otra figura blanca, toda llena de harina. SANTIAGO D i l i U J O DE MÉNDEZ. B R I N G A RUSIÑOL