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porque, efectivamente, tanto Humbelina fué hermana del insigne orador y santo, á quien la Virgen Santísima puso en los labios la dulzura de la bendita leche de su sacratísimo pecho. Sor Humbelina, pues, se hizo cada vez más seria, más devota. Pidió permiso á la priora para trabajar encerrada en su celda, y rogó á sus hermanas de religión que la perdonasen si no tomaba parte eu su labor común, ni en sus honestas conversaciones, ni en sus simplicísimos recreos. Vivió, pues, apartada y solitaria, sin hacer ruido, creándose una soledad nueva dentro de la soledad del claustro. Entonces comenzaron sus obras maravillosas. lílientras había luz trabajaba en su celda, cuya mirilla había tapado cuidadosamente con un pairo negro, porque conocía la curiosidad de las monjas. Nunca enseñaba su labor hasta tenerla concluida. Jamás decía cómo la había hecho ni de dónde sacaba las agujas, el hilo y todos los menesteres del encaje. Del mundo no podía ser, porque Humbelina era la tínica de la comunidad á quien nadie visitaba nunca. Ella jamás habló de conocer ni tratar á nadie tampoco. Las monjas comenzaban á so. spechar que allí estaba ocurriendo algo milagroso; pero el cariño á Humbelina, la autoridad de la priora contenían toda osada suposición. Cuando se acababa la luz diurna, Humbelina baiaba á la iglesia y rezaba sin cesar, sin ver, sin oir, anegada en el rezo, durante tres ó cuatro horas, hasta caer rendida. Algunas veces la oyeron gemir, esos sollozos contenidos del que á sufrir está muy acostumbrado y no quiere aumentar el dolor con la excitación que el quejarse produce. Otras veces la vieron llevarse la mano al corazón, tocando con las puntas de los dedos la lana del hábito. Entretanto, salían de sus manos obras que dejaron maravilladas á las monjas, aun cuando todas eran entendidas en encajes. Sobre la ligera trama, casi imperceptible, y en muchas partes caladas, cual si el punto fuese á quedar en el aire, aparecían entrelazadas y larguísimas correíllas de jazmines y madreselvas; aquéllas con sus sueltas y graciosas florecitas, éstas con sus racimos de picudas. corolas; aquí era una hoja ancha de col, sobre la cual corrían larvas diminutas alargando sus anillados cuer pecillos; allá un tronco de zarzarrosa, en cuyas espinas se posaban raariposicas y caballitos del diablo... Parecía un mundo ensoñado, ó mejor dicho, parecía el mismo mundo real, sutilizado y embellecido en cuanto á la materia, no en cuanto á la forma. Los comerciantes á quienes abastecían las bernardas fueron un día al convento, empeñados en ver trabajar á la maravillosa liada de los encajes. -Hemos recibido- -le dijeron á la madre priora- -cartas de Inglaterra, de Brujas, de Malinas, de Florencia, de todas partes del mundo, preguntando quién hace esas maravillas, cómo las hace, de dónde saca los hilos, etc. etc. Por más ruegos que la priora y todas las monjas dirigieron á Sor Humbelina, ésta no qui. so dejarse ver d e ninguna manera. Notaban ellas que la buena sor se iba adelgazando y empalideciendo por momentos. Debía de sufrir mucho. En las amarillentas mejillas tenía dos chapetas moradas. Por bajo la piel, las venillas azules se le iban adelgazando como los hilos de sus labores; parecía correr la sangre por otros encajes sutilísimos. Ella seguía trabajando cada vez con más ardor, con más delicado gusto, y rezando cada vez con más ardiente devoción. Un día, al subir la escalera casi á obscuras, tropezó con la Madre priora que á tientas bajaba. Sin querer, las manos de ésta rozaron el pecho de Humbelina, que lanzó un involuntario y desgarrador quejido, El dolor inconsciente la hizo exclamar; ¡Madre, por Dios, tengo una Haga... El susto y la sorpresa no permitieron á la priora callarse. Llamó, acudieron las otras, corrió la voz. Sor Llimibelina tiene una llaga... La encajera prodigiosa se había desvanecido. Lleváronla á su celda. Entraron de improviso y vieron algo maravilloso y formidable. En la niesita que había frente á la ventana, sobre un paño negro estábala comenzada labor de encaje. Presurosa y activísima, moviendo sin cesar sus dieciséis patitas en todps direcciones, seguía trazando la admirable labor una gran araña negra, de un negro azulado. fer r- -ir 4 t. H 1 Hgnnft- Cuando las monjas, que antes de ver nada habían tendido á vSor Humbelina en el camastro que l a servía de lecho y la habían desceñido el sayal, la descubrieron el pecho, blanco y pequeño como el d e la Venus de Mediéis, vieron encima del corazón una llaga sangrienta, espantosa, de donde la sangre manaba roja, joven. Aterradas por aquello y por la sorpresa que les causó el descubrir al trabajador animaüllo, quedaron absortas, mudas de horror. La araña las vio ó las sintió, saltó de la mesa, y corriendo á todo correr de sus ocho pares de patas, subió á la cama de Sor Humbelina y se cebó, ansiosa, en la sangre que del pecho le salía. En derredor de la herida veíanse las huellas de las ensangrentadas patitas del animalejo, que se sustentaba con el tierno y devoto corazón de la encajera... LEMA: N I C É F O R O F O R A S DlllUJOS HE KEGU. OR (NÚMERO 59 mí NUESTllO CONCÜllSO UE CUEN TOS FANTÁSTICOS)