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1 S- liifs m EL ENCAJE MARAVILLOSO TAS reverendas madres bernardas llevaban fama de excelentes encajeras, no ya sólo en toda la WAl provincia, sino en toda España, hacía ya tres siglos; pero desde que comenzó átrabajar en el convento la buenísima Sor Humbelina, la reputación de los encajes creció y se extendió por toda Europa y dio no pocos disgustos á los fabricantes de Holanda, á los de Inglaterra y hasta á las retiradas y humildes obreras venecianas que trabajan en la isla de Buxano, conocida por el Paraíso de los encajes. Los que Sor Humbelina trazaba y hacía, nadie hubiera sospechado que era obra humana. Al lado de aquellas sutilísimas tracerías, de aquellos vaporosos dibujos que, mirados contra el sol, parecían hechos con líneas de luz impalpable, resultaban obra grosera, míseros garrapatos de muchachos ociosos los reticulados de las alas de las libélulas ó los concéntricos círculos y polígonos de las más industriosas arañas. Además, Sor Humbelina había introducido en el arte de los encajes una revolución semejante á la que el célebre Bernardo de Palissy introdujo en el de la ornamentación cerámica, inspirándose en el viejo espíritu de los clásicos griegos, conservado, ó mejor dicho, resucitado por los artistas del Renacimiento. Sor Humbelina, que, según las demás monjas, poseía la ciencia infusa, estaba muy enterada de la vieja historia del mártir Bernardo, y la coincidencia de llamarse Palissy, lo mismo que el santo fundador de la Orden á que ella pertenecía, y la de llevar ella el nombre de la santa hermana del glorioso santo, aumentaba la admiración y el cariño que la encajera tenía al martirizado artista. Nadie supo nunca en el convento de qué pueblo ni de qué familia era la artificiosa monjita. Una noche habían llamado á la puerta, cuando ya el recogimiento y el silencio reinaban en la santa mansión. Las desveladas monjas, atisbando por las celosías y rendijas de sus celdas, eron pasar temblona y carrasposa, como de costumbre, á la hermana tornera; oyeron su vocecilla quebrada intentando detener al porfiado visitante; luego, los pasos menuditos de la buena Madre. Al cruzar por el claustro, á donde caían las celdas, pudieron observar las curiosas que la tornera iba blanca, no pálida simplemente, como de costumbre. Después volvió á la puerta, rechinaron los cerrojos y las pesadas llaves. Las monjas sabían muy bien que la viejecilla tornera no tenía fuerzas para abrir. Y sin embargo, la puerta se abrió y volvió á cerrarse, y luego pasó por el claustro la tornera con una niña pequeña y llorosa cogida de la mano. Al día siguiente el ojeroso coro de vírgenes, que no había dormido, haciendo conjeturas, supo que la Madre priora tenía consigo en su celda á la niña, la cual no salió hasta dos días después, vestida ya novicia. Era una monjita en miniatura, un verdadero juguete, un regalo, una muñeca viva. Toda la comunidad la adoraba por su gravedad y dulzura, por su belleza verdaderamente ideal y también por su acendrada y hondísima devoción, que más que de niña, parecía de mujer desengañada, como las que van á los conventos después de haber naufragado en todos los mares de la vida. En el convento había una gran biblioteca; porque conviene saber que antes de refugiarse en él las monjas, habitábale sapientísima comunidad de frailes benitos, en la que se cebaron las turbas cuando la memorable y truculenta matanza. La niña (así la llamaban todas, no sabiendo su verdadero nombre) gustaba de quedarse sola en la biblioteca, revolviendo los libros de estampas, recreándose en los dibujos é iluminaciones de los viejos misales, en las filigranas de los libros de horas, y en los hierros de las antiguas encuademaciones. En el convento había un jardín con un poco de huerta, y la niña se embobaba contemplando las flores, y tanto ó más mirando atentamente las arrogantes volutas de las lombardas, las elegantísimas pencas de los cardos, los repiqueteados dibujos de las matas de alcachofas. ¡Es raro! -pensaban las monjas- -á la niña le parecen tan bonitas las groseras verduras que comemos, como las lindas y espirituales flores, cuyo único fin es alabar á Dios con su color y su perfume... La niña trabajaba en los encajes sin gran habilidad; la labor se verificaba en comunidad en la sala capitular, que era fresca y honda por el verano; en invierno, en la galería alta, cuyos arcos recibían el sol toda la tarde y dejaban ver el río anchuroso y la lozana vega cubierta de verdor en todo tiempo. Llegada la edad conveniente, la niña quiso profesar. Tomó el nombre de la santa más grata á la Orden, de aquella cuyo retrato adornaba una de las pechinas del altar mayor con estos devotos versos, obra de una monja algo poetisa; A Humbelina, de Bernardo, que en lo santos y en lo humildes sólo los distingue el sexo, los equivoca el afecto.