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Era una tarde de Enero. Del puerto de Guadarrama venia ese viento lielalo que nutre á las funerarias, y yo, como buen amigo de ¡Marianita Quintana (que es una moza muy buena y una pintora muy mala) envuelto en mi abrigo ruso me dirigí á su morada, donde hallé á la, r ra i artista con su termómetro en danza. ¡Mire usted que es fuerte cosa (me dijo desespera, da) que aunque está mi gabinete más fresco que una garrafa, el mercurio del tubito de los treinta grados pasa, y no hay medio de que baje del alto nivel que alcanza! ¿Será que está descompuesto? (pregunté á la interesada) -No, señor; me ha dicho un óptico que él responde de su marcha. Seguían mis conjeturas respecto á la ignota causa de que el mercurio subiera sin haber lumbre en la estancia, cuando se fijan mis ojos en la pared adornada de cuadros, y al mismo tiempo viene á mis labios de grana una embustera lisonja para mi amiga, que estaba esperando alguna frase que el misterio la explicara. -Ahora reparo, señora, (la dije con voz cortada) que ese termómetro, cuya subida tanto la extraña, está colgado en el muro sobre el cuadro de las ánimas de que usté es autora, y ¡clarol como están tan bien pintadas las llamas del purgatorio, la verdad, no os cosa rara qne su calor dé al mercurio graduación tan elevada. Lleve usted, pues, el termómetro á otro punto de la sala donde el mercurio no suba con el calor de las llamas, y marcará lo que debe. Pero antes de la mudanza la advierto, para librarnos de volver á las andadas, que no lo cuelgue usté enfrente do su retrato, Mariana, porque los ardientes ojos de que Dios quiso dotarla, el mercurio elevarían á una altura extraordinaria y no habríamos logrado absolutamente nada. JUAN PÉREZ ZüÑIGiV I IHU. IO OE X A U D A R O J