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DELIRIO DE PERSECUCIONES Jja razón de la sm razón que á mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo... -Cerca ites. OY no estoy del todo mal. Esta mañana el director lia venido á verme, preo- untándome por que no quise salir ayer á dar una vuelta por el jardín de este endemoniado manicomio Decididamente estos hombres cienzudos ó científicos (que no sé bien cuál de ambas cosas son) parecenme mucho más imbéciles que el imbécil Juan cuando se ríe de aquel modo tenaz- Qué cabezota tiene Juan! ¿Habrá tenido novia? ¿Novia Juan? ¿Y por qué no? Después de todo, las nmiexes son asi. -ün hombre es siempre un hombre, y llámese Juan ó llámese Antonio, no por eso deia de ser un hombre... Eso es. íj Y luego se incomoda el doctor porque yo me paso el dia pensando en estas cosas, cuando realmente ¿por que estoy yo aquí, en esta casa, sujeto al láudano, á las duchas... Dicen que tenido monomanías que deliro, que padezco alucinaciones y que... ¿Cómo me voy á callar si están ahí? ¡Ya, ya os tengo otra vez delante! Vamos... calma... ¡Hola! buenas tardes. ¿Estás lívida ó lo estov yo y me reflejo en ti? Ese hombre... ¿por qué viene contigo? ¿No sabes que me molesta que me e. torba? Pero, en fin, t u l e quieres... ¡sea! Siéntate aquí, sobre mis rodillas, como otras veces. Oué bonita estas! Déjame que deshaga tus rizos sobre la frente. Te besaré en esos ojos negros ¡y qué net ros son Parecen abismo... ya ves, un efecto de óptica. No son abismos, son tus ojos; tú me miras? on ellos y yo en ellos me miro. No te rías, loca... ¡Loca! no. Soy yo quien está loco... ¿Y tú te acuerdas? Déia me recordar a mi... ¡Cuánto te quería! Había consagrado mi ser entero para ti, y en la adoración Perpetua de nu vida vivía solo para aquellas santas alegrías que yo había soñado, adorándote más mucho mas que a mi pobre madre... Pero aquel día... creías tú que yo estaba aún en Valladolid. Llegué á nuestra casita por la tarde v gunte esta- er en el tren de las diez, con uno? con un hombre que no era yo! ¡llabias dejado tu casa sola, mi hijo solo, mi corazón abandonado Me tambaleaba como me tambaleo ahora. Pero no estoy borracho. Los oídos me zumban las piernas se me doblan, y corro mucho, anheloso, mirando el reloj, sin ver, tropezando con la o- ente v cuando me miran, rujo como un insensato. Llego á la estación, los guardias me hacen formar en una fila de gente que espera, como espero yo; pero ellos: no te esperan á ti, y yo sí. A ti, que vienes con otro- á ti alma de mi alma sangre de venas! ¡Ah! la gente sale. No veo; muchos hombres y muchas muieres; ¡que ruido! No oigo. ¡Sí! ¡Tú! ¡Con ese! ¡con ese! ¡Y mi casa sola, v mi hiio solo y mi corazón X n donado! ¡Miserable! Y te cojo por el cuello. gritas, aprieto, ¡ya no gritas i jtuLc; iiiucha gente que me ¡Gente nm ¿h sujeta y se llevan tu cuerpo... ¡Ah! Dejadme que la dé un beso, es el último! ¡Dejadme al menos que llore sobre su pecho! ¿Y ahora vuelves? ¡Vete! vete, déjame solo, ¿Ves, ves lo que has hecho? Dicen que te maté porque estoy loco... Me duele aun toda d alma, y este cerebro mío me pesa y me duele también Aquí Es tu imagen, ¿la ves? Como estas ahí siempre dando vueltas, subiendo y bajando, y eso es tan estrecho ah a? tropiezas me haces daño en los sesos. ¿Por qué no te estás quieta, así, en el trono dei- S í sí, señor doctor, ya estoy tranquilo; la he perdonado. No supo lo que hizo... Le propono- o á tisted que la declaremos irresponsable, como á nií... por absurdo... ¿Quiere usted? ¿Estoy en razón para ello? D I B U J O DE REGIDOR (MONOLOGO) L U I S PARÍS