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mocedad, pues entonces llevabas á la fiesta un ardiente anhelo de inapagables deseos no extinguidos; de modo que aquella alegría no era alegría verdadera. En el aposentillo, el bordoneo de una abeja ó de un moscón suenan como esquilas argentinas campaneando en día feriado; la luz que cae de los blancos tendales es tan templada 3 al par tan refulgente; el reloj tiene un pendolear tan grato al oído; la flor en el vaso ó en el florero esparce un tan grato olor, que parece que de todos los rincones salta al alma un solo grito: ¡pazl Sesenta años son el confín, pasado el cual comienza verdaderamente la vejez, cuando maravillados de toda cosa nueva dejamos á los jóvenes que nos cuenten todos los descubrimientos é invenciones, y les damos el gusto de sentirse más ágiles de mente y m á s prontos para la acción que nosotros. Sesenta años son el límite más allá del cual cesamos de leer y de estudiar con toda asiduidad, pensando que el buen Dios nos ha dado la ciencia que nos era menester y que es hora de que los otros sepan más y lleguen más lejos que nosotros. Hubiéramos nacido en otra edad si nos fuese dado saber lo que las generaciones futuras llegarán á conocer apenas. Por fin, aprendemos á contentarnos y á no extender la mano ávida hacia la ciencia nueva, que el cerebro está ya descansando y nuevas conquistas le enajenarían de sí. Lo que vosotros, hijos, veneráis en nuestros cabellos blancos es esta decidida é invencible renuncia á todo lo que hasta aquí no hemos conseguido poseer; este no querer pasar la barrera que nos ha puesto el Señor Dios; este recoger en paz las alas hasta que no resuene la voz que nos permita desplegarlas en toda su largura para el último vuelo... Que el Señor os dé un corazón limpio 3- pensamientos nobles en toda vuestra vida, para que los sesenta años os encuentren tan puros y luminosos como nuestro aposentillo, tan capaces de perfume y de bien como la flor que el buen Dios deja florecer 3 secarse 3 reflorecer en tiempo 3- sazón. LA REINA D E RUMANIA EN LOS JARDINES DE SD CASTILLO DE PELESCH ¡Oh, qué hermosos, qué hermosos son los sesenta años! Yo sé que ellos me cumplirán lo que me han prometido; La vida cumple siempre lo que ofrece si se la sabe interrogar con acierto y si no se le pide más de lo que ella puede dar. El Señor bendice nuestros sesenta años, pone su mano bienhechora sobre el cansado corazón y aquieta su palpitar, librándole de todo temor y aligerándole de la carga de los cuidados cotidianos, quitándole de encima el peso de las mayores responsabilidades, y nos dice que ya hemos salido de trabajos y dificultades y que llegamos al tiempo de descansar y santificar la fiesta. ¡Oh queridos, queridos sesenta años! CARMEN SYLVA (La Reina Isabel de Rumania