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Palabras de uqa reípa al cumplir los sesenta años JUSDE mi primera juventud he deseado PS llegar á los sesenta años, porque siempre creí que esta edad era de paz y de olvido: heme aquí llegada al extremo del duodécimo lustro, y ahora veo que esta edad es aún más bella de lo que yo imaginaba. Voy á deciros cómo es, para que os regocijéis sabiendo que tras una v i d a larga y á veces trabajosa, l l e g a para todos una época de íntima serenidad espiritual, que es como un anticipo de la felicidad del cielo. Es como si comenzase para ti una nueva infancia, una vida nueva; es c o m o si dejases l e j o s á la espalda, todo cuanto te ha apesarado la existencia: qtie sólo entonces te parece entrar de veras en el reino de la luz. Es la cesación de todo res e n t i m i e n t o y de todo odio, el perdón de cuantos te caiisaron daños y dolores; porque dices: Bien se ve que no han sabido cuánto mal hacían, p u e s de otra manera no hubiesen tenido á n i m o bastante para hacerlo. CARMEN Entonces pasas indiferente por junto á las cosas que tanto y por tan largo tiempo has anhelado poseer, y ni te atraen ni las deseas, pues has visto cómo todo es pasajero y nada en el fondo te es necesario. Todo lo cual lo aprendes por el camino, por ese camino que se llama Vida, y no siempre lo aprendes con placer ni con facilidad. La gran, escuela del Señor es una escuela muy seria y los trabajos que El nos obliga á cumplir como castigo son harto más duros y pesados que el penseum que se iinpone á los estudiantes perezosos... Cuando te hallas cerca de los sesenta años, sientes la impresión de que ya no te queda gran cosa que aprender en la tierra y que no has de realizar grandes trabajos como castigo... Sesenta años son como una corona compuesta sólo de aire y de éter, la cual el buen Señor Dios con gran complacencia te coloca con ligera mano sobre los blancos cabellos, de suerte que te parece haber ganado tanta paz, que puedas infundirla eu el corazón de tus prójimos como una promesa de aquella otra paz que sonreirá á su espíritu cuando hayas agotado todas sus fuerzas en mover los pesados molinos en los que han maquilado toda la vida los granos de oro del deber. Entonces es cuando llega, por fin, el verdadero sentido de la alegría, la cual no consiste ya en el hecho de que nada nos quede por hacer, sino en la impresión de que cuanto hagamos podemos hacerlo más agiblemente que en el pasado, de forma que ya no nos ocurra ahorrar nuestras últimas energías, pero podamos reposar de vez en vez y sentarnos y sosegarnos y recordar y lanzar la vista hacia lo futuro ó, lo que es igual, mirar hacia el cielo. En cuanto á cesar de trabajar, cumplidos mis sesenta años, no pienso en ello; al contrario, pienso hacer mejor y más madura labor que nunca, si Dios me da tiempo y f u e r z a s Siento que tengo el deber de hacer solemne el descenso de una bella vida, h a c i e n d o de este atardecer de la existencia una hermosa fiesta para cuantos nos han acompañado en la labor y se han fatigado junto á nosotros, envalentonándonos con una mirada, con un grito, con una frase de confianza. Ahora queremos procurarles que sea bella la tarde. de su jornada y prepararles la paz que á costa de tantos sacrificios ganaron, y darles el poder de SYLVA gustar con nosotros la serenidad del ocaso de nuestra jornada terrena. ¿Sabéis, hijos queridos, por qué la vejez es para nosotros algo augusto y venerable? Porque vosotros no podéis comprender lo que los viejos comprenden: cómo aún puede sonreír alguna esperanza en el colmo de toda desesperación, cómo pueden cambiarse en suave licor vital las amargas heces del cáliz de la vida, cómo hace la bondad de Dios para salvar del fondo de todo abismo humano al infeliz á quien ya el abismo traga; así que á nosotros no nos sea lícito sentirnos pequeños en la fe y podamos entrar serenos en el puerto al abrigo de todo furioso huracán y penetremos tranquilos en él pequeño aposentillo cuyas paredes han de ser luminosas, porque nuestros ojos cansados necesitan mayor copia de luz, y la lámpara de la mesa ha de resplandecer viva, porque de noche la vista no nos asiste como antes... De igual modo, si el aposentillo de nuestro corazón es lindo y alegre, limpio de todo átomo de polvo del camino, de toda muestra de inquietud y desabrimiento, entonces le hallamos tan milagrosamente tranquilo, que parece que siempre es domingo y que suenan siempre las campanas para alguna fiesta en la que ya no podemos tomar parte como antaño bailando y cantando, porque la garganta está ronca y torpes los pies; pero es un espectáculo que te regocija tanto ó más que en la