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ARTISTAS EXTRANJEROS JWI lENTRAS muchos espíritus remolones y estacionarios siguen aferrados á la idea de que en materia de arte no existe el progreso, fijándose para ello en el hecho probado de que nuestras modernas civilizaciones no han conseguido cuajar en un módulo ó canon decisivo su concepto, de la belleza natural y de la artística, van surgiendo aquí y allá un día y otro hechos y obras que contradicen esta absurda creencia. Es cierto que la difusión del arte y la universalización de las obras artísticas han ensanchado los linderos de la estética, tradicional, creando infinitas nuevas aspiraciones que no pueden satisfacerse dentro de los moldes clásicos. Los hombres de casi todos los países v razas del globo hemos perdido, quizás para siempre, la serenidad. Nuestro ánimo se halla por lo común desasosegado; intranquilo es nuestro vivir, tempestuosas nuestras sensaciones. El primer gran artista que ha cavilado profundamente acerca de esta situación y manera de concebir actual de la humanidad y, haciéndose bien cargo de ello, ha dado valientemente los pasos iniciales para renovar el concepto de la forma escultórica, ha sido el ilustre artista francés Augusto Rodin, hoy popular en todo el mundo. Creemos firmemente que si en los siglos venideros la humanidad sigue interesándose por el arte y comprendiendo el valor casi sobrehumano que se ha de conceder al hombre que sabe animar la piedra y el bronce, entonces se hablará de Rodin con el mismo respeto con que hoy hablamos de Fidias, de Escopas, de Mirón, de Andrea Verrocchio ó de Miguel Ángel Buonarotti. La idea madre de la teoría que muchos habían presentido, pero que sólo Rodin ha llevado á 1 a práctica, no es sino la de que en Escultura puede y debe llegarse al extremo posible de la expresión con la línea y con la masa, entendiendo bien que el carácter no radica exclusivamente, ni siquiera principalmente, en el rostro, sino en la total suma de formas que componen la estatua ó el grupo. En esencia, no otra cosa pensaban los griegos, pues lo que vive del Hércules no es su cara estúpida, sino su espalda gigantesca, y el movimiento de pierna y brazo en el Discóbolo formando un iohc 7 n de admirable armonía, es lo que nos interesa de esa estatua. Pero- -piensa Rodin y con él cuantos consideran con gravedad estas cuestiones- -al transeúnte de Chicago ó de Londres ó de Yokohama, entregado á la fiebre del moderno vivir, no le complace ni embarga su ánimo la misma bella estatua de Apolo ó de Venus que satisfacía en Atenas á los contemporáneos de Pericles y de Aspasia. Lo que teniendo por fondo las verdes colinas del Ática y las frondosas riberas del Iliso producía una impresión completa y absoluta, ¿nos satisfará hoy en medio de una plaza cruzada por tranvías eléctricos ó en un puerto ahumado por miles de chimeneas? Si tratamos de hacer sentir á una muchedumbre semiignorante la fuerza espiritual de un Balzac ó de un Víctor Hugo, grandes creadores ó recolectores de vida moderna, será inútil que intentemos representarlos con el reposo y la majestad soberbia con que el escultor retrató á Homero, á Esquilo y á Eurípides. El Pensador del siglo XX no puede parecerse al filósofo Sócrates ni á su discípulo Platón. Por eso los admirables burgueses de Calais, el Balzac, el Víctor Hugo, el Pejtsador, todas las inmortales obras de Rodin, cautivan la atención del mundo y preocupan á todos los amantes del arte. FOT. P DUCIIENNE