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El tono un poco impertinente y pedantesco en que el joven poeta hablaba, nos hizo refunfuñar un poco. El profesor Pérez, que iba á comenzar la autopsia, dirigió al osado mancebo una mirada tan despectiva y atitoritaria por encima de las gafas, que el poeta comprendió la necesidad de acortar razones, 3 alzándose cuanto pudo sobre sus pies, se acercó al cadáver, tocó ligeramente el sudario, dijo en voz vibrante y clara; -El cuerpo del maestro debe tener, fuera de las señales de la intoxicación que ha puesto fin á su vida, dos cicatrices- de heridas antiguas, ya cerradas y secas, una en lo alto del cráneo, oculta con la crencha blanca de sus cabellos de romántico, y otra encima del corazón; debe tener también una herida reciente abierta encima del hígado. Esos fueron, señores, los tres tinteros que usó el maestro en las tres épocas de su vida literaria gloriosísinm. Un rumor de escéptica incredulidad acogió estas palabras. El profesor Pérez alzó los paños y descubrió el cadáver... Todos retrocedimos un paso. Allí estaba, entre el cuarto y el quinto espacio intercostal, ancha, amoratada, terrible cicatriz, muy semejante á una herida de estilete, lanceta ó punzón. Frente á ella, correspondiendo al centro de la región iiepática, otra herida fresca, de bordes abiertos, por los que aún resbalaban coágulos de sangre cárdena. El caso no tenía explicación plausible; pero no era el profesor Pérez hombre que fuese á retroceder ante ninguna cosa extraña ó sorprendente. Confirmado en parte el dicho del joven poeta, Pérez alzó con cuidado la rizada greña canosa que con coquetería senil solía el maestro traer desde el occipucio á lo alto de la frente, y en medio del cráneo descubrióse otra cicatriz, más bien una sutura negra, de larga fecha, al parecer. Todos tuvimos el presentimiento de algo misterioso é inexplicable; pero los médicos estamos curados de espantos en esto de los misterios. Siguió la autopsia, en la que nada nuevo ni extraordinario se descubrió, y yo no volví á acordarme del caso. Años después, visitando un manicomio, encontré allí al joven poeta, triste, demacrado, con síntomas de una psicosis extraña, que no era locura, ni monomanía, ni histerismo, ni neurastenia, aunque tenía algo de todo esto. Me reconoció, y me dijo lo mismo que dicen todos los alienados: -JSÍO estoy loco; no vaya usted á creer que esto 3 loco. -Tan no lo creo- -le respondí, -que voy á seguir una conversación interrvimpida por u. sted hace años, cuando hicimos la autopsia al pobre Perálvez. -Que me place, -dijo el pálido poeta. -Ahora que no haj aquí más que el señor director- -y señalaba al del manicomio, -que es un excelente psiquiatra, diré lo que callé entonces sobre los tinteros Í U de mi maestro. Aquel glorioso hombre á nadie reveló su secreto más que á mí. ¿Y saben ustedes lo que me dijo? Que el artista de veras, como él, tenía que mojar la pluma, cuando joven, en el corazón, que es el único tintero de los poetas; cuando maduro, en el cerebro, que es el tintero de los dramaturgos; y cuando viejo, n el hígado, que es el tintero de los críticos... ¿y por qué se suicidó entonces? -En la autopsia lo verían ustedes; porque se le habían secado los tres tinteros. ¿Sabe usted lo que pienso? -le dije entonces al director del manicomio. -Que este joven tiene razón; no está loco, ni mucho menos. Al oir esto, el ilustre psiquiatra me lanzó una mirada tan tremenda, que me apresuré á levantarme y á huir del manicomio, por miedo á que, aquel hoihbre me echara el guante, convirtiéndome en un caso más. LEMA; miiujos nn MÉMinz nr. iNO. WINCKELMANN (KÜMEUO 38 np. NCESTRO CONCURSO DE CUENTOS FANTÁSTICOS)