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é f -é- LOS TRES TINTEROS S í L suicidio del famoso poeta, dramaturgo y crítico Perálvez- -dijo el doctor, -fué un hecho tan S i comentado y al que rodearon tan trágicas circunstancias, que fuimos muchos los médicos á quienes la curiosidad movió á presenciar la autopsia del cadáver. Yo era entonces joven, tenía muchos amigos literatos y artistas, ardía en curiosidad de ver con mis propios ojos aquel corazón que, según la creencia vulgar, era albergue de unos sentimientos tan puros y tan enérgicos, de tan extraña y poderosa fuerza comunicativa, que en cien ocasiones se habían comunicado, mejor dicho, se habían impuesto, ya á los sentimientos de las muchedumbres reunidas en el teatro, ya á los solitarios é íntimos de los lectores aislados, ora á la excitabilidad hiperestésica de las señoritas nerviosas y de las señoronas, ora á la agotada emotividad de los ancianos hartos de ver mundo 3 de vivir. Anhelaba también contemplar y, si era posible, medir y pesar aquel cerebro poderoso que había iluminado á sus contemporáneos durante largo tiempo, y cuya actividad se había comunicado á crecido número de discípulos activos y de pasivos admiradores, y había hecho estallar tantas discusiones y levantado tan espesa polvareda de disputas entre apasionados apologistas y crudísimos detractores. Los médicos no tenemos mejor fuente de conocimientos respecto de la patología y también de la fisiología humanas que la autopsia; pero, ya saben ustedes lo que suele ocurrir. Por razones que no es posible ni oportuno exponer ahora, son pocos los cadáveres de que disponemos en las clínicas. H a y una grande é inhumana resistencia á entregar un cadáver, y la llamo inhumana, porque quienes se niegan á facilitarnos cadáveres, demuestran tener en más unos restos mortales despojados del alma, que las vidas de tantos y tantos hombres vivos, cuyas enfermedades conoceríamos y diagnosticaríamos con relativa facilidad si hubiéramos podido hacer la autopsia de otros individuos muertos á consecuencia de ellas. Esto, que es verdad en general, lo es más, especialmente, aplicándolo á las enfermedades y dolencias de los ricos, de los intelectuales, de los artistas. Rarísimo es el caso de que se ofrezca hacer la autopsia de un sujeto que no sea un pobre hombre vulgar, muerto en una riña estúpida ó suicidado por inanición, por enfermedad crónica ó por contrariedades y disgustos pecuniarios. I,o s hombres de gran talento, por lo general, mueren en su cama, se les entierra, y allá entre las cuatro tablas del ataúd se queda el secreto de su cerebro, es decir, lo más interesante que el cuerpo humano puede ofrecer. Comprendan ustedes, por tanto, con qué interés no asistiría yo á aquella autopsia de un gran poeta, dramaturgo y crítico. Nos hallábamos en la sala muchos médicos y algunos discípulos y amigos del preclaro escritor. El cadáver, cubierto con un paño blanco, yacía sobre la tabla de mármol, itíamos á descubrirle, cuando uno de los discípulos, un joven alto, enlutado, de negra cabellera, de grandes ojos y dilatadas pupilas, como las de quien ha velado mucho ó ha visto muy de cerca la muerte, se adelantó, y colocándose junto al cadáver nos dijo: -Señores: antes que descubran ustedes el cuerpo de mi amado maestro, quiero y debo decir algo que en este mismo instante va á confirmarse; estoy seguro de que va á confirmarse, aunque muchos de los que me oyen, escépticos ó incrédulos por costumbre profesional, reputen locura ó ensueño poético lo que voy á decir, y anden, después que lo diga y se pruebe mi aserción, buscando é inquiriendo la explicación natural y física de lo que parece una niñería ó una creación imaginativa, propia de literatos sin substancia, amigos de lo que antiguamente se llamaba máquina ó maravilloso.