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tre los borbónicos, era soltar al diablo: seguíanse el barullo, el atropellamiento, el estridor, las imprs. caciones, el combate, el infierno desatado. El alférez saltó rápidamente encima de y Sultán salió en compañía de cincuenta dragones, que cargaron sobre los austríacos. El fué uno de los seis héroes que entraron á la carrera por sus filas repartiendo coces mientras sus bravos jinetes repartían cuchilladas á diestro y siniestro. Los demás dragones, ó ca 3 eron ó retrocedieron ante el fuego de la infantería archiducal, diez veces superior á ellos. Jinetes y caballos, quedaron ó muertos ó heridos: los muertos enterrados y los heridos prisioneros. Esto en cuanto á los hombres, que en cuanto á los caballos, no quedan prisioneros ni de la tierra ni del enemigo. La falta de voluntad, de entendimiento y de palabra son fortuna mejor de lo que suponen los que se ufanan con llamarse racionales. Las bestias son respetadas y aun cuidadas en la guerra, porque sirven sin permitirse opinar. Sultán fué pronto despojado de sus jaeces con el escudo real de Felipe de Borbón, y cargado con el equipo de los lanceros de Carlos de Hauspburg. Cambió de montura como los políticos cambian de casaca. Se hizo austríaco sin enterarse de ello, aventajando así á los políticos en que á lo menos la nueva montura no le pesaba sobre la conciencia como á ellos la nueva casaca. También mudó de nombre. No pudo decir el suyo; manifestó, sin embargo, con su acometida briosa lo bastante para que, adecuando á su condición el apelativo, le pusieron el de Temerario, con el cual sirvió al partido del archiduque. Ejemplo de inflexible disciplina militar, obedecía á las riendas que le mandaban ahora con el mismo ardimiento y lealtad con que obedeciera á las que le gobernaron antes. ¡Qué de novedades oyó y qué de ideas aprendió, contrarias á las que aprendiera y oyera en su antiguo campamento! AHÍ oyó maldecir de la Casa de Austria, de su fanatismo, de su política de confesonario y sus políticos sacristanes, de los malos gobiernos del conde de Oropesa y del duque de Medinaceli, de aquella ineptitud general, de alto á bajo, que abatieron á la gran monarquía española en miseria moral y material y en consunción y ruina mortales. Aquí oía maldecir de la Casa de Borbón, de sus ambiciones é intrigas, de su impiedad y desenvoltura, de lo inicuo del testamento arrancado al rey D. Carlos contra su inclinación, que no pudo llegar á voluntad, porque aquel mentecato no la tuvo nunca; oía maldecir de las maquinaciones del cardenal Portocarrero, indignas no ya de un sacerdote, sino de un hombre de bien, para violar la conciencia aterrada del regio penitente moribundo; maldecir de la dependencia ignominiosa en que estaba caída la nación, gobernada desde Versalles por embajadores que eran como re 3 es adjuntos, y por ministros franceses de la Hacienda española. Temerario respingaba alguna vez espantado ante semejantes contradicciones; pero las consecuencias no pasaban de ahí. ¿Qué le importaban aquellas ideas, cosas y personas tan ajenas á su oficio? ¿Qué le importaba lo que pensaran é hicieran aquellos príncipes, ministros, cardenales, embajadores y frailucos, ninguno de los cuales podría montar un caballo desangre? Temerario, que la tenía guerrera, se entendía con quien le mandara cargar sobre los de enfrente, cualesquiera que fuesen, y allá se entendieran los otros con su conciencia política ó religiosa ante su rey ó su Dios. La conciencia militar es la disciplina, y cumpliendo con una se cumple con ambas. Llevado, pues, de su conciencia, de su sangre ardiente y del lancero que lo montaba. Temerario guerreó por los austríacos contra los borbónicos con el mismo entusiasmo y fe con que guerreó por los de Boi bón contra los de Austria. Y todo le hubiera salido á maravilla si no le picara la querencia, que hace en los brutos las veces de amor. Tropezáronse un día en el campo de batalla sus antiguos drag: ones con sus nuevos lanceros; Temerario se acordó de Sultán, y conociendo por los relinchos á sus viejos camaradas, por las voces á sus dragones y por los uniformes á su regimiento, se arrancó hacia ellos como un venablo, llevándose á su jinete, que pasó involuntariamente en aquella jornada por héroe tan temerario como su cabalgadura. jPobre caballo! Tuvo entonces el dolor más triste de su vida: el de ser recibido á tiros y herido por sus mismos amigos, los de su regimiento, á quienes conoció y se quejó con esos ojos dulcemente melancólicos que ponen los animales en sus aflicciones físicas. Victoriosos los dragones de Borbón, conocieron á su caballo y le curaron con esmero, en desagravio dé su desgracia. Temerario volvió á llamarse Sultán, y continuó sus servicios en las tropas reales bajo el peso de un oficial suizo. Tocóle lo que merecía para remate de sus campañas: el suizo, el símbolo de la fidelidad y la disciplina; la máquina de pelear, el hierro animado, la fuerza sin espíritu, obediente al e n t e n d i miento que la maneja y á la bolsa que la paga. ¡Caballo de batalla, que pasas de rienda en rienda y de jinete en jinete sin averiguar por quién Ay KÍi 0! -i ni á quién vences: eres la figura corpórea de la inconsciencia brutal de la guerra, que da hoy el triunfo á quien dio ayer la derrota, sin mirar n u n c a dónde está la razón! -iírD I B U J O S DE R E G I D O R EUGENIO SELLES