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EL CABALLO DE GUERRA p L mayoral de la yeguada lloró, como si se le ausentase un hijo, cuanao ou cría predilecta, el potro Tomillo, fué sacado de la dehesa para la remonta del Ejército. ¡A cuan diferente vida le destinaba! Todos los caballejos de aquella ganadería sin ambiciones habían vivido y muerto de padres á iiijos y de madres á hijas en las sosegadas faenas del acarreo ó de la agricultura, á par del castrado buey y de la híbrida niula. Labor útil y modesta, que si no promete glorias, tampoco amenaza Deligros y asegura una muerte de vejez. La raza, desgarbada y pequeña, aunque fuerte, no servía tampoco para empleos de mayor categoría. Algún cruzamiento irregular hizo de Tomillo un buen mozo de gran alzada y estampa, y por ello fué escogido en la requisa de ganado para la guerra. Entró á servir á la patria. Destino brillan? te p e r o a z a r o s o Le esperaban pienso seguro, limpieza diaria y cuidado solícito, eso sí, pero en vez del aire puro, de la luz directa del sol j- de la libertad con que se crió en el campo abierto de la dehesa, le agualdaban el tufillo del cuartel, el farol de la cuadra, el encajonamiento del pesebre encasillado, ó la formación en líneas simétricas é infranqueables. En vez del innoble carromato ó el grosero trillo, la montura reluciente, la mantilla con cenefas y las chapas con- el dorado escudo real. Pero en cambio de tanto lujo, las pe nalidades de la instrucción, los sustos del fogueo, y después, en lugni de la labor acompasada y soñolienta siempre por la misma carretera ó la misma haza, el trabajo imprevisto y apresurado, el botasilla á deshora de la noche, las paradas al resistidero del sol, las escoltas y revistas al trote largo, las cargas al galope tendido, en simulacro, y finalmente las cargas en guerra no simulada, llevando á lomos un jinete temerario, deseoso del ascenso, para el cual es un mérito la muerte del caballo. Y por eso el buen mayoral lloraba como si se le muriera un hijo cuando vió alejarse á Tomillo entre los potros de la remonta, dando botes y relinchos que al mayoral le parecían de protesta y añoranza, y acaso eran de retozo y alegría. Nadie, si no fuera el mayoral de la yeguada, conocería á Tomillo viéndolo en las filas del escuadrón, trotando con gallardía, braceando garbosamente, y engallada la cabeza casi hasta emparejar con el pecho de su jinete. Había dejado su aire encogido, sus andares descuidados y también su nombre rústico, cambiado por el de Sultán, para perder todo vestigio y memoria de su rusticidad. Era un servidor de la patria, con el convencimiento de su misión y las arrogancias del militarismo. Tal vez habría despreciado, si los viera, á sus hermanucos, que en la campiña natal trabajaban en clase de paisanos. Servía nada menos que en un regimiento de dragones de guardias españolas, y en días de prueba para España y sus ejércitos, en lo más empeñado de la guerra por la sucesión del pobre Carlos II. Pleitos como aquél sobre validez ó nulidad de un testamento, suelen tramitarse ante la jurisdicción ordinaria; pero como eran el testador un rey y la herencia una corona, no se halló tribunal competente y hubo de acudirse al supremo de las armas. España se dividió en dos bandos con dos re 3- es, Felipe V y Carlos III; ¡muchos reyes para tan poco y tan decaído reino! Nuestro caballo de guerra, StUtdn, formaba entre los defensores del testamento y del derecho del duque de Anjou, contra las pretensiones que la casa de Hauspburg sostenía como pariente mayor y tronco de la rama austríaca de España. no descansaba un día, no dormía una noche entera, ni comía un pienso con la tranquilidad conveniente á las buenas digestiones. ¡Siempre ensillado, comiendo de prisa y durmiendo de pies! ¡Siempre metido entre las piernas opresoras y las espuelas punzantes del alférez de dragones que lo montaba! ¡Qué ayunos, qué fatigas, qué mojaduras, qué sudores, qué marchas forzadas, qué cargas repetidas! Y sin embargo, no se acordaba de la paz silenciosa, ni del pasto sosegado de las vegas natales. Al revés, enarcaba altivo el cuello y erguía provocador las orejas en cuanto oía los clarines de su regimiento ó los primeros tiros de la batalla. ¡Todo por su partido, por su bandera! Todo llevado con paciencia, si no con orgullo y heroísmo, por la causa santa del testamento de Carlos II y del derecho de Felipe V. ¡Y cómo ciega y engaña el entusiasmo! Precisamente él le llevó á pasarse al partido contrario. ¡Los del archiduque! le gritaron de pronto, casi en las orejas. Soltar el nombre del archiduque en-