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el teatro; por la tarde ensayando, por la noche en la función. Se acuestan ya de madrugada y con la sobrexcitación del trabajo realizado y del que habrán nuevamente de emprender. Hay que aprenderse un papel átodo escape. Duermen poco é intranquilos. Almuerzan presurosos, y al ensayo; comen de prisa, á la función; y un día y otro día y otro día, creando diversos personajes, pendientes del aplauso ó del desvío del público, esclavos de la tablilla avisadora. Este aire puro, tónico, fortificante que nosotros aspiramos con delicia, no llega jamás á ellos. Esos rayos de sol que nos acarician, nunca caldean su piel. La notabilísima actriz del teatro de la Comedia enfermó; ¿no había de enfermar? Lo verdaderamente extraño es que otras actrices puedan arrastrar esa vida y no tengan que acompañarla en su invernada. -Y aun cuando los artistas teatrales posean una naturaleza de hierro y no se la quebrante el trabajo excesivo, el aire siempre viciado, la luz artificial ó mortecina del escenario, ¿qué gozan de la vida? ¿Qué disfrutan de su hogar? ¿Cuáles distracciones, de las múltiples que nos ofrece la existencia, alcanzan á ellos? ¡Gozar, disfrutar, distraerse! A mí siempre me ha parecido un capricho de los más extraños el que tuvieron María Guerrero y Fernando Díaz de Mendoza mandándose construir un precioso hotel en la calle apenas urbanizada de Zurbano. Poseen, en efecto, una espléndida mansión, adornada con todos los esplendores del arte y del buen gusto, y propicia á todas las comodidades y refinamientos de la vida. ¿Y sabes para qué? Para dormir unas cuantas horas. El comedor es precioso, pero no lo usan. La ma 5 or parte de los días les llevan al teatro el almuerzo y la comida; de suerte que el comedor de su hotel quédase reducido á la categoría de un comedor de adorno. La calefacción es perfecta, aunque costosa; pero, eso sí, la disfruta cualquiera menos los dueños de la casa. El hall, espacioso y elegantemente decorado, brinda á horas tranquilas de solaz, con conversaciones amables y alegres entretenimientos. A ellos no les sirve más que de paso para ir á tomar el coche que les llevará al Español. Desde las once de la mañana hasta las dos ó las tres de la madrugada siguiente, les tienes prisioneros en su teatro. ¿Para qué construyeron el hotel, si las pocas horas que en él permanecen están con los ojos cerrados? Más les valia haber comprado un automóvil con dormitorio. ¿Qué más? Ni siquiera disfrutan re- posadamente de la vecindad de D. José Echegaray, afortunado propietario del hotel contiguo. En cambio, el insigne dramaturgo goza de su finca hasta con hartura. Cuando cayó la última nevada, ¿no recuerdas? IJIÜUJÜb IlE MÉNDEZ BRINCA -Sí, aquella nevada atroz. -Tan atroz, que le puso completamente blanco el bigote al duque de Sexto. Pues bien, cuando caj- ó esa nevada, Echegaraj- que sería el hombre más friolero del mundo si no existiese D. Eugenio Montero Ríos, vióse con terror, dirrante tres ó cuatro días, bloqueado por las nieve; No había manera de trasladarse al centro de Madrid desde aquellas soledades cubiertas de nieve. No circulaban coches ni tranvías. A pie era peligroso aventurarse por los alrededoreí; del hotel. Tan peligroso, que los proveedores de la casa no aportaron por ella con sus vituallas, y D. José estuvo á punto de pasar días tan amargos como los defensores de Puerto Arturo en la última etapa del sitio. Echegaray apeló al teléfono como único medio de comunicarse con el mundo. Pero también la electricidad le fué infiel. Los hilos del teléfono estaban rotos. ¡Imagínate en el Polo á un hombre que cuando sudan todos los demás va por las calles de Madrid con el cuello del gabán subido, y ni en Agosto se despoja del abrigo de pieles! -Cierto que pasaría ratos atroces, en plena novela de Julio Verne. ¡Por aquí le quisiera yo ver ahora con el vientecillo sutil que nos envía de vez en cuando el Guadarrama. -Como que ha odiado la nieve para el resto de su vida, y no se servirá ya de su blancura ni como imagen de la inocencia en ninguno de sus próximos dramas. Sin embargo, el refrán se ha cumplido: año de nieves, año de bieness. Poco después le concedían, á medias con Mistral, el premio Nobel. Grandes méritos intelectuales reúne, pero si el Jurado hubiese sabido lo del bloqueo, le adjudica el premio entero. -O á medias con Stoessel. Fíjate en una cosa muy rara. Hoy no se oye á las fieras. -Es verdad, ni un rugido. ¡Claro, las tendrá acobardadas el frío! No sé qué periódico hablaba de sus sufrimientos por los rigores invernales. Están como aplanadas. Mira, en cambio, hacia allí. ¿Qué ves? -Una pareja. ¡Vaya por Dios, y sentados con este frío! Van á helarse. -No lo temas. -Parece que discuten. -Creo otra cosa. Ya ves tú, las fieras se acobardan, y el amor como si tal cosa. Es más fiera que todas las demás. Los leones se agazapan silenciosos, y los amantes... -Vamonos al coche. ¡Qué imprudencial sentarse... ¿Pero acaso ignoran que ya en Madrid han aparecido tres ó cuatro infelices muertos de frío? -Pero fué el frío en complicidad con el hambre: entonces mata. En complicidad con el amor... Vamonos al coche antes de que esos dos concluyan mi frase. J O S É DI; R O U R E