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LA MARQUESA DE AYERBE p N Galicia, en el rincón más bello de la hermosísima provincia de Pontevedra, se alza un castillo, testimonio vivo de la grandeza de los antiguos magnates españoles. Su nombre va unido á larga serie de leyendas y de historias. Faltaba reunirías, y la patricia mano de la castellana lo hizo en forma amena y correcta, publicándolas en un libro titulado El castillo de Mos y firmado por la Marquesa de Ayerbe, de I ierta y de Rubí, condesa de San Clemente. Desde entonces se repite este nombre entre los historiadores y menudean los elogios para la gentil escritora que tan bien sabe hacer los honores de su casa en la vida real como en la vida literaria. Con el libro del Castillo no quiso sólo la Marquesa entretener ocios de gran dama ni gustar impresiones nuevas descubriendo verdades olvidadas, sino, antes que todo, rendir un tributo de cariño al país de sus amores, al caserón que la vio nacer, á las murallas que presenciaron sus juegos de niña, á la capilla donde se celebró su boda, á todo aquel conjunto de cosas que tan unidas van á la historia de su propia vida. Si otras miras la hubiesen animado, quedárase el libro oculto cuidadosamente en el archivo, junto á las viejas ejecutorias y los papeles de familia, ó destruido como tantos otros trabajos de la Marquesa, que, tan piadosa para todas las desgracias, no reconoce misericordia en cuanto á su talento atañe, como lo prueba el hecho de quemar al tiempo de casarse todo lo escrito por ella de soltera, en lo que debía haber mucho de interesante y gran abundancia de impresiones originales, ya que el primer cuento fué escrito cuando la autora contaría apenas trece años de edad. Pocos espíritus de mujer, sobre todo en España, se habrán formado al contacto de una atmósfera como la que rodeó á la futura marquesa de Ayerbe cuando salió al mundo y comenzó á presentarse en la tertulia de su tío el marqués de la Vega de Armijo, constituyendo pronto el alma y el encanto de ella. Mientras las opiniones más liberales que han existido en nuestra nación infundían en su inteligencia de niña las ideas que siempre animaron y animan sus palabras y actos, el cariño de personas de tanto valer como el inolvidable Moro, D. José Fernández y Jiménez, y del marqués de la Fuensanta, enseñábanla á conocer y sentir las obras de arte y las grandezas de nuestra olvidada historia. A éstas lecciones y á la memoria admirable de la gentil discípula, se debe la aparición del citado LA MA RQUESA D E AYERBE Y SU HIJO