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-g- -i r cu Knro DE: Í I K Y K S p R A media noche cuando Periquín, el chico de Suárez, el guardián del Museo, crej- eudo escucliar ruido, saltó de la cama, salió fuera de su habitación 3 se convenció de que, en efecto, un rumor extraño venía de las salas de los primitivos. El chico no era medroso, aunque la obscuridad y el silencio de la Pinacoteca le disculparían de todo miedo, y se acercó á la puerta de la escalera, tratando de inquirir la causa de aquel ruido insólito que sonaba cada vez más fuerte. Un reflejo débil, suavísimo, que no parecía nacer de terrenas luces, iluminaba algo el recodo tenebroso, y en el silencio del Museo, Periquín escuchó lejanos y dulces cánticos, murmurante mosconeo de preces, que se repetían acompasadas. Deseoso de averiguar la causa de tan extrañas voces, Periquín bajó algunos tratnos, y acercándose cuanto pudo á la sala, alcanzó á contemplar un espectáculo extraordinario y fantástico. Las cámaras donde de ordinario se exhiben los cuadros, estaban iluminadas por un resplandor vago, opalino, cabrilleante, que se adhería á los muros como un tapiz luminoso, y bajo aquel revestimiento se escondían las invenciones terribles de Brueghel el infernal, las brujas de Patinir, los codiciosos cambiantes de Marinus, las tablas extrañas, semianatómicas de Huys, en las que duendes 3 trasgos bullen entre visceras taedio podridas; las cacerías grisáceas de Chranach; todos los cuadros de dolor, donde sangran los Crucificados 5 sollozan las Marías. Pero esta muralla de luz agujereaba su nacarado reflejo ante las imágenes de los Santos, de los Angeles, de las Vírgenes, de los Doctores elocuentes y de los Ermitaños hirsutos, formando rectángulos de claridad más viva que correspondían al sitio ocupado en las pinturas por los Elegidos, quienes abandonando los lugares donde los sujetaron los pinceles, desfilaban por las salas al son de los cantos escuchados por Periquín. Venían primero los Angeles, que, bajo la simetría de su pelo partido, mostraban el ro. stro rosado y mofletudo. Capitaneados por la andrógina figura del arcángel Gabriel que P ray Angélico de Fiesole trazó sobre la tabla, los puros espíritus pasaban, pulsando á compás, instrumentos olvidados, mientras las Vírgenes, portadoras de los cuchillos, de las cuerdas, de los encendidos tizones con que las martirizaron los idólatras, seguían á los Angeles y entonaban antífonas ingenuas, redondeando las niveas gargantas como palomas que arrullan. Luego venían los Doctores, los Apóstoles barbados, los Pontífices con sus tiaras, los Mártires cubiertos de sangre, y también cantaban todos, 3 al entonar los salmos, sus graves voces profundas eran cual un fondo obscuro sobre el que ascendía la pureza cristalina de las antífonas virginales. Y al final de la comitiva vio llegar el asombrado Periquín álos Rev- es Magos, que en el tríptico de Jerónimo Bosch presentan sus ofrendas. Venían majestuosos, serenos, llenos de unción. Los dos Rej es blancos, envueltos en la magnificencia nronóeroma de sus mantos, mientras Melchor aparecía adornado con perlas, revestido del túnico niveo, porcelanesco, erizado de hojas de cardo con que le pinta el artista. Los tres Monarcas pasaron al son de los cánticos, portadores de navetas fulgentes, de cálices chispeantes, donde 3 acian el oro purLsimo y el incienso y la mirra. La comitiva desfiló, y Periquín la vio llegar devotamente hasta el cuadro de Petrus Cristus, en el cual la milagrosa luz velaba todos los personajes, á excepción del desnudo Infante que 3 face en el suelo. Cuando estuvieron ante el Niño, los Angeles volaron, enrracimándose sobre el marco; las Vírgenes, los Doctores, los Mártires y los Ascetas se replegaron en dos filas; por medio pasaron los Reyes, 3 acercándose al portentoso cuadro adoraron, santos pintados, al pintado Niño, que les sonreía. Después, lenta, pausadamente, la procesión pasó otra vez, mientras los cánticos seguían más suaves, más lejanos, perdiéndose en lontananzas misteriosas, y las ventanas de luz se cerraban según volvían los Escogidos á los cuadros que los hospedaran. Poco á poco las filas aclaráronse; cada Ángel regresó á su sitio; las Vírgenes volvieron á sonreír á sus verdugos; los Solitarios tornaron á sus tentaciones; los Mártires á sus suplicios; los sabios Prelados á sus controversias. La claridad portentosa acompañó á los Magos hasta su tríptico; luego se extinguió, y todo quedó obscuro, en tanto que Periquín subía otra vez la escalera, frotándose los ojos, los ojos inocentes que vieron lo que sólo contemplan las pupilas ingenuas de los niños y las candidas almas de las iluminadas. DIUUJO DE A L B E R T I MAURICIO L O P P Z ROBERTS