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M Los colores del tapizado son alegres; el foudo, claro; por presentimiento sin duda, no h e querido colgar de la pared sino cuadros de plácido asunto, evitando los santos martirizados, las escenas de crueldad y sangTe. Con tales elementos de serenidad, es preciso que lo diga, es preciso que lo reconozca: ¡tengo miedo... un miedo honible, un miedo que me impide respirar, sosegar y vivir. Apenas los últimos ruidos de la ciudad se aquietan, así que empieza á establecerse ese sosiego amodorrado que invita á la dulzura del sueno, un desvelo nervioso se apodera de mí. Una voz irónica murmura dentro de mi cráneo, más allá de mi oído: ¡No dormirás, no dormirás! Y esto es lo extraiío: me encuentro en compañía de alguien, no sé de quién, pero de alguien que se instala allí, á nú lado, tan próximo, que me parece esc 7, tcliar el ritmo de su respiración y advertir cómo su sombra se desliza suave, fugaz, por la blanca pared frontei- a. Ese misterioso alguien no se coloca jamás delante de mí, I e siento á mis espaldas. ¿Dónde? No hay sitio libre entre la cama y la pared. Sin duda- -todo es posible tratándose de un aparecido- -la pared retrocede para dejar hueco á su cuerpo; y si yo rae volviese ahora de improviso, vería al ser que se h a propuesto no abandonarme. Pero no me atrevo, no me atreveré nunca. Le creo detrás; no me resuelvo, y temo que extienda una mano, que me figuro fría y umrmói- ea, y me la pase lentamente p o r la sien ó me tape con ella los ojos... Vuelto á las aprensiones de la niñez, apago- la luz precipitadamente y me cubro el rostro con los pliegues de la sábana para defenderme de la espantable caricia, ¿Seré tan cobarde... Avergonzado, empiezo á recontar los actos de valor de mi hoja de servicios... H e tenido, como todo el mundo, mi media docena de lances de honor, y, lo que y a no es tan frecuente, en uno de ellos dejé mal herido á mi adversario, xl íL, fine lame. Kstuve á pique de ahogarme en San Sebastián, y no recuerdo que se me encogiese el alma. Velé á uti primo mío, enfermo del tifus más pegajoso, y ni se me ocurrió temer al contagio. H e mostrado indiferencia ante los peligros, y no falta algvin amigo mío que diga que tengo pelos en la entraña. El testimonio de mi conciencia grita que no soy apocado. Y sin embargo, esto es miedo, miedo vil; no falta ningún síntoma: ni el castañeteo de dientes, ni el sudor helado, ni el zumbar de oídos, ni las desordenadas palpitaciones del corazón, que súbito se detiene como si fuese á dejar de latir. El reloj, guardado en la mesa de noche, teje con regularidad rítmica su tic- tac menudo, y mi sangre, cuajada ó arrebatada violentamente por la alteración del miedo, da un vuelco más fuerte que todos, se precipita torrencial, causándome una especie de congestión. Es que detrás de mí he sentido, ya claramente, un respirar lento, un hálito de fatiga, un soplo perceptible, y rae encojo, y no aciei to á incorporarme, y permanezco así, oyendo siempre el respiro del otro mtmdo, que en ondas largas, sutiles, me envuelve. Me he consultado. Viaje usted, haga ejercicio, coma cosas nutritivas; eso es efecto no más de los nervios y la imaginación. ¡Como si los nervios y la imaginación no foi- masen parte de nosotros! ¡Como si supiésemos lo que esas palabras, nervios, i m a g i n a c i ó n quieren decir! He lirdo; mi viaje ha durado tres meses. litaciones de las fondas, infalible. jiS l mente, cada noche me h a i visitado el mismo terror; h e? S, percibido detrás de mí, en jí acecho, al mismo ser, que f 5 no puedo nombrar ni calificar, pues no tengo iii remota idea de su forma: igno. ro de dónde viene. Sólo s é J que está allí, que su aliento 9 epulcral me roza la cara, que penetra hasta mis tué S; i; taños, que vierte en ellos B ponzoña. j Una noche, en un acceso I de rabia, cogí mi revólver, juá á liií. T disparé hacia atrás, donde sentía el hálito m a l d i t o Acudió gente; pretexté miedo á ladrones. ¿Cómo exjjlicar? No entenderían... í. Y es preciso que esto teruiue, -uecía una de las últimas hojas del diaio. -Me volveré loco, porque después del disparo he vuelto á oir la respiración, he vuelto á comprender cjue había algtiien, y es imposible resistir tanto tiempo un suplicio que ni puedo confesar. Sin duda, después de emborronada esta página, el miedo insuperable hizo su oficio, y F ederico Molina no disparó contra una sombra. EMIUA P A R D O IIIBUJOS i) E HUERTAS j BAZAN