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saber si llcg- -iria á hablar e; Renacido, como ya se le llamaba, y si su leng- ua sería comprensible. ¡Que si lo fué! Una voz desmayada y dolorida salió de la mazmorra. ¡Abrid, abrid poi misericordia! -decía en lengtia perfectamente inteligible. Todos se estremecieron, y una corriente nerviosa corrió por la masa humana. Se deliberó entre las autoridades qué partido tomai- decidiéndose por abrir, pues aquel extraño personaje más bien parecía un pobre hombre necesitado de auxilio. Tomando mil precauciones, pasáronle ropas con que cubriese sus recién nacidas carnes, y más confiado, el corregidor tuvo con él una confei encia por el ventanillo. ¡Señores! -gritó la primera autoridad volviéndose hacia la multitud. -Dice que si se le deja libre explicará quién es y Ja causa de su maravilloso renacimiento. ¿Consentís? ¡Que lo saquen, que lo saquen! -rugió la muchedumbre. Al fin abrieron la puerta de la mazmorra y salió el prisionero á la luz del día. Era de mediana taiia, recios músculos, barba hirsuta y mirar avieso; su rostro tenía cetrino color, y aún le daba aspecto más sombrío la desmesurada nariz, que caía sobre su boca rasgada, en un gesto no sé si desdeñoso ó lastimero. No podían verlo á sus anchas todos los allí reunidos. El sitio era angosto para tanta gente, y de ia multitud salió el grito: ¡Llevadlo á la plaza del Calvario! ¡Ponedlo sobre el pilar de la cruz! -Pero tal fué la mueca de disgusto que se pintó en el rostro del misterioso y tales las palabras de protesta que opuso, que hubo de buscarse otro. sitio. Eleváronle á las afueras, y subido á un bastión de la. muralla, en medio de un profundo silencio, habló estas estupendas palabras: íí- ft f -Dieciocho centurias llevo de c cistencia sobre estos mismos pies que tanto os han maravillado. Mi cuerpo ha fenecido muchas, muchas veces, pero nunca por completo. Mis pies, así como mi espíritu, condenados á una existencia eterna sobre el haz de la tierra, han resistido cien muertes distintas. De ellos ha brotado siempre la nueva carne en mis renacimientos corporales. Ellos han sido, ¡siempre también! impulsados por una fuerza divina á caminar hasta la consumación de los siglos. La última muerte de mi cuerpo ha sido en esas montañas que allí veis cubiertas de nieve. En mi peregrinación sin fin por la tierra, fui sorprendido por una manada de hambrientos lobos, que destrozai on mi envoltura corporal, siendo pasto de ellos. Mis pies han subsistido, como subsistirán por los siglos de los siglos; y el renacer mi cuerpo, como habéis presenciado con horror, es porque jamás han de cesar mis pasos en la tierra, y eternamente me empuja una voz que sólo yo puedo oír y que sin cesar repite: ¡Anda, anda! Eas gente. que ya habían comprendido quién era el misterioso personaje, se apartaron de él con horror, y haciéndole la señal de la cruz, le gritaron: ¡Anda, anda! Y el judío errante, el desdichado Ahasverus, se alejó andando, andando... M. Nui- L EASSA D U U J O S DE REGIr OK