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entusiasmo; formóse un verdadero cordón de ojeadores y pudo llevarse á cabo felizmente la encerrona. Quedaron recluidos en un calabozo, cuya puerta se cerró y atrancó fuertemente, rociándola además con agua bendita. Hubo que poner centinelas, no sólo para evitar la evasión de tan originales presos, sino para contener el tumulto de la gente, que ansiaba asomarse por el ventanilla y se disputaba la preferencia á puñada limpia. Se formó cola, y por riguroso turno fueron acercándose los curiosos, que se retiraban más tranquilos al ver que los malhadados pies estaban quietos y arrinconados en la sombra del calabozo. Al cabo de una semana ya nadie volvió á pensar en los pies misteriosos, como- no fueran sus guardianes. Después de todo, eran unos presos que molestaban bien poco, pues ni comida había que pasarles, ni era preciso entrar para hacer la requisa, que se efectuaba por el ventanillo. Mas un día, el encargado de este servicio llevóse un susto más que regular. Primero dudó si aquello podía ser ilusión de sus ojos, pero á fuerza de mirar y remirar á ia sombra donde estaban arrinconados los pies, pudo convencerse de que éstos, ya no eran pies; quiero decir, pies seguían siendo, pero á ellos iban unidas sendas y recias piernas que se juntaban por la parte de arriba. El asombro del carcelero no hay para qué encomiarlo. Si alguna duda tenía de que á los singulares pies les habían nacido aquellas piernas, I s f c a se le disipó al verlas salir del rintun y medir á grandes zancadas el pavimento del calabozo; y esto sí que puede llamarse medir, pues un compás semejaban; compás extraordinario, como jamás lo ha usado ingeniero alguno. Plantaba un pie en el suelo, levantaba el otro, giraba rápidamente alrededor del fijo y sentábalo á su vez. Era aquello tan estupendo, que el guardián salió despavorido, dando gritos y alarmando á la ciudad entera, que acudió ea masa á presenciar tan sobrenatural fenómeno. Se doblaron las guardias y no se interrumpió la vigilancia ni de día ni de noche, y así pudo verse cómo seguía formándose aquel cuerpo, que echó vientre y caderas y cintura, fluyendo tan singular carne como la de los seres de generación espontánea, ó por segmentación, como los zoófitos. El revuelo que adquirió la noticia del estupendo renacimiento fué colosal. Se temía por el momento en que tan extraño personaje estuviera completamente hecho. Se temía y deseaba á la vez, pues había una intensísima curiosidad de saber qué cabeza saldría sobre aquellos hombros ya formados, esperandomuchos que habría de tener descomunales y retorcidos cuernos, y no pocos que habrían de ser varias. El chasco fué grande; surgió una sola, que resultó ser como la de cualquiera otro mortal más ó menos feo; eso sí, las narices eran grandes, acaballadas, judaicas, dignas compañeras de las ponderadas por nuestro satírico y mordaz poeta clásico. Otra curiosidad grande esperaban satisfacer las o- entes: era.