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KIv 1 ElKMJLCIDO os parroquianos de la botillería quedáronse maravillados al ver abrirse la puerta sin que mano alguna tocase el picaporte, y más asombrados aún cuando vieron unos pies sueltos, cortados, que avanzaban con ese movimiento acompasado de un hombre que anda. Eran unos pies que andaban, ¡que andaban solos! Venían seguidos de una multitud pasmada y curiosa. En todos los rostros se pintaba una emoción intensa. Se pensó si sería cosa de mecánica, un artefacto construido por algún mecánico brujo; pero no, aquellos pies parecían humanos. Los hombres más atrevidos vieron claramente cómo dentro de los zapatos de recio cuero asomaban sendos muñones sanguinolentos. Aquello no podía ser juguete mecánico; más bien parecía despojo revelador de espantable crimen, como si la víctima descuartizada quisiera delatar con sus pies, que se movían por permisión divina, algún horrendo asesinato cuyo autor era preciso buscar á toda costa. ¡Milagro, milagro! -gritaron muchas mujeres aferradas á esta idea; pero bien pronto se les heló la exclamación, porque todos pudieron ver cómo aquellos pies se dirigieron á los de una mesa y quedaron juntos delante de una silla, como corresponderían á una persona que en ella estuviera sentada, y a) mismo tiempo, y esto aumentó el asombro, vieron que un vaso de agua que sobre la mesa estaba, ascendía solo y se inclinaba lentamente, vertiendo el líquido que salió del vaso, y sin caer al suelo sumióse en el aire ó sabe Dios dónde, volviendo á colocarse sobre la mesa, como si todo por fuerza mágica hubiérase movido. Luego, aquellos pies que todos miraban con ojos espantados, echaron á andar de nuevo buscando la salida, que les dejaron franca más que de prisa, y salieron á la calle seguidos siempre de la admirada multitud. Fueron llamadas las autoridades, que acudieron á todo correr; pero como nadie se atrevía á tocar pies tan extraños, ni aun los mismos ministriles y corchetes, que son gente de pocos melindres, acudieron al verdugo para que los apresara. Todo fué en vano; cuando el hombre se inclinó para asirlos dieron tal salto, que las gentes, atemorizadas, corrieron en mil direcciones, no siendo quien menos corría el ejecvitor de la justicia. También los pies hacíanlo calle abajo, perseguidos de lejos por los más arriesgados. Aquello era un verdadero acoso. Hubo quien disparó sobre ellos sus arcabuces, pero los tiros no hacían mella. ¡Que venga un cura con agua bendita! ¡Esto es cosa del otro mundo! ¡Conjurarla, conjurarla! -Así gritaban las gentes timoratas arremolinándose alrededor de los pies, que parecían desafiar al mundo entero. Llegó un sacerdote, hizo sus aspersiones, mas nada consiguió. Los pies, sin responder al conjuro, seguían amenazadores. Uno lanzó la idea de conducirlos hacíala cárcel, acorralándolos. fué acogida con i