Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
L 3 a novela de bino Arnáiz Seis cubiertos de á dos pesetas ordenó Lino con ademán triunfante. Esta bien, señorito, seis de á dos. Va en seguida. Mientras llegaba la sopa, los invitados de Arnáiz se sentaron alrededor de una mesita sobre cuyo mantel no muy blanco, se veían dos conchas con aceitunas verdinegras. Rocío coo- ió una con el tenedor, t s t a n buenisimas dijo, y adoptando aire de ama de casa ofreció á los demás Tome usted Dona Elena; anímese. Doña Ignacia... ¿Usted quiere, amigo Poussette? Haciendo dengues aceptaron las otras dos señoras. Estaban muy serias. Ea patrona hacía cálculos mentales para averiguar cómo por dos pesetas se podían dar tantos platos. Ea conciencia de Doña Elena estaba pronta a alarmarse por cualquier minucia. A más, el airecillo protector de Rocío aquella especie de autoridad que se irrogaba la peinadora como si ella tuviese parte en la herencia de Arnaíz, les cargaba a ambas muchísimo. Así es que se comieron las aceitunas con gran dignidad sentadas en el borde de sus sillas, mientras paseaban los ojos por el salón del restatirant El local, aunque era espacioso, entristecíase por el techo bajo, de donde pendían unas jaulas y unos canastillos de flores. Estos colgantes aditamentos se colocaron, sin duda, para alegrar la vista pero no cumplían tan elevada misión, pues las jaulas estaban vacías v las flores de los canastillos habían perdido el i n s de sus petalos bajo espesa capa de polvo. Un mostrador de zinc dividía la tienda y sobre el verdeaban conchas de aceitunas y de pepinillos en multitud inmensa, rodeando á algunas otras donde se acomodaban rodajas de salchichón, plateadas sardinas, rubia manteca y otros aperitivos mas suculentos y caros. Junto á estos excitantes, se alineaban en correctísima formación docenas y docenas de pequeños moldes de hierro esmaltado que contenían compactos flanes de superficie tostada y este ejercito de enanos cercaba á dos gigantescos fruteros de hoja de lata, de amplísimos platos donde hacinábanse gruesas naranjas de cascara espesa y rojiza. El mostrador era como el centro de la fonda. De él divergían las mesas que se diseminaban hasta los últimos rincones. De él, de su inexhausta fuerza creadora nacían los flanes, las naranjas los encurtidos que repartían sobre los asistentes algo de su pictórica abundancia. Un hombre gordísimo vestido de blanco, maniobraba tras aquella muchedumbre de golosinas, manejándolas con gran destreza Con sm Igual rapidez colocaba sobre un plato una naranja, un flan, una concha, sin equivocarse nunca y s in que jamás se le cayese nada. Pero el manejo de tanto dulce parecía haber agriado su alma pues hacia el reparto con la expresión de un ogro hambriento, y sus ojillos, hundidos en grasa relampagueaban cada vez que un flan abandonaba á sus compañeros ó unas infelices aceitunas se dirigían a su fm. En el fondo del restaurant, pegado á un muro donde se veían ventanas polvorientas, un piano mecánico machaqueaba un vals con ritmo obsesionante y enervador. Al soniquete, unas chiaítillas bailaban cogiéndose de la cintura y saltando muy serias. De vez en vez, una pareja se detenía y descansaba un rato. Ea atracción del mostrador llevaba á las danzarinas ante él, y los flanes y las naranjas las sugestionaban con el goloso hartazgo en ellos representado, y las infelices, sin disimular su apetito seguían la dispersión de los postres con ojos ávidos, ansiosos, que brillaban en rostros anémicos dé una palidez sucia, semejante á la sospechosa blancura grasicnta de un plato mal lavado D I B U J O DE M E D I N A VERA MAURICIO LÓPEZ ROBERTS (1) La amabilidad de nuestro estimado colaborador ü. Mauricio López Roberts nos permite publicar este fragmento de ia novela que con el citado titulo se pondrá á la venta dentro de pocos días. ir- IUBIUU ue