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entró nuevamente en la casuca la pobreza, aumentada con una boca que ya sabía pedir pan. Los parientes aconsejaban á Castora que se aliviase de ella enviando á la niña á un hospicio, domicilio que correspondía á su origen irregular. -He vivido tres años de ella- -respondió Cas, tora; -ella vivirá de mí hasta que pueda valerse; y si no pudiere, yo se lo ganaré por toda la vida. dolores cuando la fatiga ó la enfermedad abatían á la hija prestada, mientras sus padres la abandonaron, y sus abuelos ó no se acordaban de ella ó se acordaban para renegar de su existencia. Tampoco se acordaba ni sabía de ellos aquel vastaguillo cercenado del tronco y caído en el barro, de la tierra. Sabía que era hija de padres desconocidos; na- ifi- f- Y sin más decir ni vacilar, se quedó con la rapaza, i c o n s i d e r á n d o l a como si fuese la propia hija á quien sustituyó en los pechos. ¡Cualquier consejero de ingratitud, c u a l q u i e r egoísmo rural la arrancaban ya de ellos ni del afecto que había nacido y crecido más adentro, en el corazón de la nodrizal Tratóla verdaderamente como á hija suya, así por el amor como por la manera de criarla Persuadida de que la muchacha no podía contar, como si vivieran sus padres, con el regalo de la vida urbana, la crió para la vida rústica. Sus medios de fortuna y su condición tosca no le consentían tampoco educación mejor. Vistióla con la saj a pasiega y la calzó con los pesados zuecos, dedi. candóla á las faenas mecánicas proporcionadas á su edad y fuerzas. ¡Y quién sabe si en la que hubiera sido delicada señorita, culta, elegante y llena de- ÍÍ- ÍÍ remilg os, adivinaba una futura ama de cría, conforme con la tradición de su nueva familia! Bien pudiera serlo, según la complexión robusta que iba adquiriendo con los años. Aunque Castora la descargaba amorosamente del trabajo, todavía le quedaba de sobra para embastecer aquel cuerpo por donde circulaba sangre de limpieza aristocrática. Sus líneas se deforruaron; sus manos se encallecieron; su tez se curtió; la vida campestre y el contacto de los campesinos enroñaron su pensar, su sentir y su querer, y aplebeyaron sus gustos y afectos, que recaían en los animalillos de su corral y en los maíces de su campo. Era, en fin, física y moralmente una completa palurda. Y acaso esto mismo duplicaba el amor de Castora, quien veía en la moza su imagen, condición y linaje legítimos. Era, efectivamente, la madre verdadera de su alma y de su arne, moldeadas ambas en el rústico troquel donde cayeron. Amor tan firme como el de la madre y más generoso que él, porque era de libre y espontánea generación y no de obligaciones de la maternidad. Amor que se quitaba el pan de las 116 se lo ocultó, porque en las intimidades de la naturaleza no se hace de tales cosas tanto misterio como en las conveniencias de la sociedad. Ea rapaza vivía contenta, sin dolerse de su ilegitimidad, ¿ué importaba la maternidad legítima, si había encontrado en la falsificada más ley de amor! Pasados los años, la aldeanilla cuidaba y quería á las vacas del establo y á las gallinas del corral, descendientes de aquellas que amó y cuidó Castora en su mocedad. Y ella, como la otra, vigilaba las posturas, recogía los huevos, los echaba á las gallinas cluecas y asistía á la incubación. Ya entonces Castora acertaba á entender el amor de las gallinas á los pollos venidos de ovarios ajenos. Entendía que no toda la maternidad consiste en concebir: consiste más en empollar el cuerpo y el alma. Ella era la madre propia de la hija postiza; todo allí era suyo: fondo y forma, espíritu y figura. Y aprendió, además, que la calidad del hombre no es obra de la sangre ni de la. ascendencia. Así, á veces da calidad al fruto el ingerto y no la raíz del áibol. EUGENIO D I B U J O S DE M É N D E Z ERINGA manos para dárselo al ser querido; amor de sacri- SEEEÉS i i c í o s p o r el b i e n e s t a r p u r a m e n t e ajeno; a m o r d e