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interés; joven, robusta y montañesa, ¿qué había de ser Castora sino ama de cría? Ser casadera, ser casada, ser madre 3 ser ama, fué todo ello obra de poco más de un año. Acaecióle una desventura por la cual se le entró la ventura en casa. Se le murió la hija apenas nacida, y cuatro días después, otra niña sustituyó á la muerta en los sanos p e c h o s d e Castora. Era ya noche, y noche fría, cuando aquel señorón del gabán de pieles se paró á la puerta de la casuca. Apeóse del caballo, y tras él, del suyo, un criado. El señor del gabán tomó un bulto pequeño de los brazos de una vieja mientras el servidor la ayudaba á bajar de las jamugas. Quedóse éste al cuidado de las cabalgaduras, y el que parecía amo y la que era vieja penetraron en la casa, donde les recibieron Castora y su madre como si procedieran por anterior concierto. Hablóse poco y se besó mucho á una niña recién nacida (que no otra cosa contenía el susodicho envoltorio) la cual quedó luego en poder de Ca. stora, con el feliz acompañamiento de una buena cantidad de dinero. ¡Noche singular la noche primera de maternidad po. stiza! Castora despertó muchas veces, como suelen las madres al más leve quejido ó movimiento de la criatura. ¡Qué emoción de felicidad cuando al despertar- y todavía entre sueños, sintió en el pecho el chupeteo de la niña! Dióle uji gran vuelco el corazón, imaginando que aquella hija era la suya, que estaba viva, que todo lo pasado había sido horrible pesadilla de la cual despertaba entonces. La realidad la restituyó al dolor, y Castora lloró largamente por aquel dulce engaño. Pasaron días y días. Ea nodriza se los pasaba contemplando entre arrobada y entristecida los ojos y la cara de la criatura. -Así sería mi hijita- -pensaba, -así me miraría, así buscaría mi pecho, asi pondría sobre él sus manos! Y de tanto mirar y tanto concentrar pensamientos y ojos en la niña, fué tomándole cariño. Pasaron meses y meses, y el carino crecía según crecían las monadas de la mamoncilla. Entretanto, el señor del gabán de pieles había venido muchas veces á la aldea; al principio, con frecuencia; después, más de tarde en tarde, y siempre trayendo otra buena cantidad de monedas, con que Castora y su madre vivían, atendiendo sin escaseces á sus necesidades y á las de la Hiña que tomaran á su cargo. Tratábanla con grandísimo esmero, no sólo por cariño, sino por conciencia. Las aldeanas conocían que las comodidades venían á la casa por ella; que el dinero era para ella, y con honradez n -cff- íf montañesa á ella lo destinaban, apartando únicamente lo poco que necesitaban para los gastos propios. Y Cjuizá pudiera sospecharse, porque la malicia humana pone tilde de sospecha en las acciones más puras, que el interés fuese parte, aunque pequeña, para tales cuidados. Porque Castora y su madre estaban en el secreto del nacimiento de la niña. Sabían que era fruto de extravíos juveniles; que sus padres, personas de alta calidad, no podían ni retenerla, ni aun reconocerla entonces por impedimento de la opinión social; pero que, vencido con el tiempo, legitimarían á la hija por la santidad del matrimonio. Y acaso Castora, y singularmente su madre, dilataban para entonces la esperanza de generosa recompensa, adecuada á su comportamiento y á la riqueza notoria de los jóvenes extraviados. La niña tenía dos años cuando su padre le hizo la última visita y le dio el último beso. Dijo que la madre había muerto antes que él pudiera cumplir sus obligaciones de honestidad casándose con ella. Lo de la muerte era indudable; lo del casamiento frustrado, allá él sabría si era verdad ó embuste. Prometió volver por la criatura para, llevársela consigo. Pero ni volvió, ni volvió á llevar su dinero á casa de Castora, la cual, indag ando las razones de la ausencia, supo que el señor del gabán había muerto, dejando desamparada á su hija, no por voluntad, sino por consecuencia desastrosa de muerte repentina. Como pasara un año más, los recursos co ¡i: enzaron á escasear, y al fin se ag otaron, con lo que se