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L a falsificación ele la maternidad ASTORA pasó la infancia en su aldea del valle de Pas jugando con las vacas del establo y con las gallinas del corral. Y luego pasó la juventud ordeñando las vacas f TM rí del establo criando las gallinas del corral. Criada en familia con sus ani ji malejos, Castora los quería tanto como á las personas, 3- aun por tales los reputaba, y sabía de su vida, sus costumbres, nacimiento, desarrollo, raza, anatomía y enfermedades más que de la propia naturaleza humana. Solamente no alcanzaba á entender el cariño maternal de las gallinas. Comprendía bien el amor de las vacas á sus terneros. Ellas los llevaban en el vientre, los parían, y los amamantaban con la sabrosa leche cuyo sobrante vendía Castora en las casonas del valle. Vacas y terneros eran, pues, madres é hijos seguros, fuente y derivación directa, seres de una misma sangre y una ini. snia carne, de aquella carne que con tantas lágrimas veía Castora ir para el matadero. Pero las gallinas, ¿por qué amaban á sus pollos? Aquel amor parecía puro artificio y falsificación de la maternidad. Castora, cuidadosa genealogista de su corral, sabía de sobra que casi ninguna g allina era madre verdadera de sus liijos. Castora vigilaba esmeradamente las posturas, recogía por su mano los huevos destinados á la cría, y los guardaba en aquel esportón que era como Inclusa donde caían revueltos los hijos de todas las madres. Y llegada la ocasión, Castora echaba los huevos indistintamente á la primer gallina que se ponía clueca. ¡Qué atareados los veintiún días de la incubación! Castora visitaba muchas veces á su gallina como un médico á su enfermo de gravedad. Castora le acercaba el agua y el grano al pico para que la madre no dejara ni un instante la empolladura. Castora le arrimaba á la pechuga el huevo que no estaba bien cubierto. Castora picaba cuidadosamente el cascarón cuando le parecía que el pollo tardaba en romperlo, como hábil partera que facilita la obra de la naturaleza. Y Castora entretenía horas y horas admirando la paciencia maravillosa, la inmovilidad estatuaria, la abnegación sublime de aquella madre prestada, que vivía tres semanas como muerta, sin levantar una pata para desentumecer su cansancio, ni respirar un soplo de aire fresco para alivio de su calentura, y todo ello ¡por empollar unos huevos que no eran suyos! Una mañana, en la hermosa llora del alba, pues Castora se levantaba con ella, la partera veía asomar un piquito y una cabecita por entre las alas de la gallina. Seguíase un fio- fío agudo y débil. Ploras después iban asomando otras cabezas y sonando otro piar, y al alba nueva la gallina, con pasos perezosos por el entumecimiento, llevaba de aqui para allí su docena de poUuelos, semejantes á bolas de pluma que más bien rodaban que andaban sobre la hierba del corral. qué amor les abrigaba! ¡Con qué solicitud les buscaba el granillo tierno, el tallo Y después menudo, el alimento fácil, poniéndoselos al alcance del pico, con olvido del hambre y necesidad propia! ¡Y mientras, la madre del huevo de que nacieron, les picaba en la cresta para echarlos del corral! Kunca la gallina dejó á sus pollos, ni cuando pequeños ni cuando crecidos; les enseñó á comer, les enseñó á vivir. ¡Y en cuanto supieron vivir y comer, los pollos dejaron á la gallina! ¡Ingratitud de todo lo nacido! Moceando en la compaña de sus crías j en el ejemplo de las mozas que salían del valle con saya burda y volvían de Madrid con terciopelos galoneados de oro; estimulada por la naturaleza j- por el