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Ivl convoj se detenía en Córdoba diez minutos. I os vagones venían casi vacíos. A través de los cri. stales del coche- salón, que la helada empezaba á empañar, se veía á unos cuantos viajeros, extranjeros en su mayoría. En uno de los departamentos viajaban dos jóvenes, hombre y mujer, que seguían hablándose al oído durante la parada, sin darse cuenta quizá de que el tren se había detenido. ¿Estaban en Córdoba? ¿Estaban en Calcuta? ¡Qué les importaba! El amor pasa bien la Nochebuena s. cualquier parte. Ea máquina había parado precisamente cerca de mí, junto á una manga de aguada, y el monstruo absorbía el líquido por sus fauces sedientas, en tanto que el vapor se escapaba con violencm por sus costados. Mientras el fogonero vigilaba la operación, el maquinista había bajado de la máquina. Se acerco al poste de hierro, apoyó el brazo en la columna metálica, y en el brazo la ennegrecida frente. Con gran frecuencia dirigía una mirada llena de ansiedad hacia el otro extremo del andén. Era tan dolorosa su impaciencia, había tanta angustia en su mirada y en su silencio, que de pronto llamó mi atención. El maquinista tendría próximamente unos treinta años. A través de la máscara de carbón adherida á su rostro, se adivinaba una fisonomía expresiva é inteligente. Debía de sufrir mucho en aquellos instantes, porque el dolor descomponía sus facciones. Un mozo de vía cruzó rápidamente junto á nosotros con una linterna en la mano. El maquinista, al verle venir, se irguió con un movimiento brusco, y su palidez se hizo más intensa. El obrero, sin detenerse apenas, exclamó casi gritando: i, i- -Estuve en tu casa esta mañana. El niño está mejor... adiós... ¡buen viaje! -Y se alejo haciendo oscilar violentamente su linterna. Sacudido por una emoción profunda, el maquinista balbuceaba como idiotizado: ¡Mejor! ¡mejor! ¡Esta mañana estaba mejor! Pero ella ¿por qué no viene? ¿por qué no viene alguien... -Ea voz del fogonero resonó cariñosa desde lo alto de la máquina: ¡Animo, señor Juan... En esto dieron el aviso de viajeros al tren El maquinista ganó el estribo como un autómata. Tenía una mano apoyada en el regulador, y asió con la otra la cadenilla del silbato. Su cabeza permanecía obstinadamente vuelta hacia el andén. El jefe de estación marcó la salida al convoy. Resonó un silbido; la máquina arrojó un chorro de blanco vapor por los costados y una negra columna de humo por la chimenea. El tren se puso en marcha. Entonces, cuando las ruedas daban la primera vuelta, surgió bruscamente entre las nubes de vapor y humo una mujer, un fantasma de mujer desgreñado, pálido; una trágica aparición. Siguió un in. stante la marcha lenta del tren. Su mirada se cruzó con la del maquinista. Entonces llego hasta mis oídos este grito desgarrador: ¡Juan! ¡Juan! ¡nuestro hijo... No pudo añadir una palabra más. Bastaba el grito; era un grito de muerte. E l t r e n había o- anado velocidad; había partido. Creí ver un instante al maquinista con medio cuerpo fuera de la máqiíina y sujeto por la cintura por el brazo del fogonero. Una ráfaga fría desgarro las flotantes nubéculas de vapor. Sobre las duras losas del andén vieron mis ojos el cuerpo inanimado de la mujer, crispada la boca por el dolor, vidriados los ojos. Había caído de espaldas, con los brazos en cruz Me pareció la maternidad crucificada. Fui el primero que la auxilió. Nunca olvidare aquella Nochebuena. Lüís EOPEZ- BALEÜSTEROS D I B U J O S DF. J FRANCÉS