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J partir el tren ct -1 A T algunos años fui testigo casual de una C? i de las escenas más dramáticas que he presenciado en mi vida. Por circunstancias que ahora no recuerdo, me encontraba lejos de mi casa un día veinticuatro de Diciembre, fecha en cj ue la Nochebuena reúne á las familias al calor del hogar. Conforme se aproximaba la liora clásica ele la fiesta, se me iba haciendo más insoportable la huraña soledad de mi cuarto; un cuarto alquilado en uno de los hoteles de Córdoba. A las diez de la noche no había casi nadie en el casino. Hasta la sala de juego estaba desierta. En los cafés había también escaso público. Toda la vida de la vieja ciudad de los Califas había refluido seg uramcnte á las hogares, donde pocas horas después se celebraría en familia el nacimiento de Jesús. E n los barrios populares se notaba mayor animación. Turbas de chicuelos recorrían las calles con horrible estrépito de zambombas, panderos y almireces. De vez en cuando, se oía resonar un villancico entonado con voz agaiardentosa por algún liorracho que se había anticipado a l a Misa del gallo. Salí del hotel á la ventura. Sin darme cuenta del trayecto que había recorrido, me encontré junto á la estación. Eran las diez y media. Alas once y ciiarto pasaba para Madrid el expreso de Sevilla, el tren de lujo Como en Córdoba no tenía yo amistades ni ocupaciones graves que ocuparan mi tiempo, solía algunas noches, como recurso de fora. stero aburrido, asearme por el andén y presenciar la llegada y la partida del expreso, cosas andias que no me interesaban ni poco n i mucho, pero con las cuales mataba unas cuantas horas de tedio. Ac uella noclie hice lo mismo. La costumbre me llevó á la estación. Nada hay más opuesto al sabor tradicional de la Nochebuena que el celebrarla paseándose por el andén de una vía férrea. Eos rieles que avanzan, que se entrecruzan, qrre se prolongan en distintas direcciones, dan precisamente una idea contraria á la del recogimiento del hogar y el suave calor de la familia. Aquello es el ir y venir de g cntes que no se conocen, que no se detienen; de personas que el azar reúne dentro de un coche durante unas cuantas horas, quizá para no volverse á ver más; es el trajín de una humanidad indiferente, sin vínculos, sin afectos; de una muchedumbre errante envuelta en el vértigo de la velocidad, que la arrastra en un eterno cambio de paisajes y de perspectivas. En Nochebuena no viaja casi nadie. Eos espíritus más refractarios á la tradición evitan, SI pueden, pasar en un vagón ferroviario, alumbrado por la luz lívida é insegura del fanal de aceite, la hora gloriosa y dulce en que el Niño Nazareno viene á la tierra en un establo. VVHV A la estación llegaba también como un reflejo yerto de la alegre Nochebuena. Era como una vaga- irradiación del calor de los hogares. Eos pocos viajeros que habían llegado á las nueve por la línea de Málaga para enlazar con el expreso, se agrupaban en un extremo de la mesa del comedor de la fonda, junto a l a chimenea en que ardía chisporroteando el carbón de cok. Obligados sin duda á viajar durante aqueUa noche, se había establecido entre ellos una cordialidad familiar, con la cual procuraban engañar la nostalgia de sus hogares. Habían pedido dos botellas de champaña para celebrar la Nochebuena. Eos camareros atendían á la mesa con displicencia, mirando impacientes la esfera del reloj. Ea dueña de la fonda, que solía vigilar el servicio con una sonrisa amable y complaciente para sus parroquianos, se impacientaba también, deseando despachar el expreso y marcharse á su casa. E n el andén, barrido por ráfagas secas y glaciales, los mozos de vía y de equipajes desempeñaban de mala gana sus faenas. Algunos conservaban con gran esfuerzo el equilibrio. Se les veía ir y venir entrando apresuradamente en la cantina. Al salir, se oían los chasquidos secos de sus labios paladeando el aguardiente. Tras de la valla de madera que separa las vías férreas de las calles de la ciudad, sonaba cada vez más destemplado el estrépito de las voces, de las zambombas y de los panderos. De pronto soné un timbre. Minutos después brilló en la obscuridad á un cuarto de kilómetro, junto á las agujas, el disco rojo de señales, dando vía libre. Euego se percibió un sordo rumor; rasgaron la sombra las luces de la máquina, y entró silbando el tren expreso, haciendo trepidar las planchas de hierro de las plataformas y la cubierta metálica de la estación. I