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Ya iba á marcharse, pero hasta El llegaron las disputas, de las familias; los rencores de los que deh an atarse con los lazos del cariño; el conmoverse de la sociedad, agitada por doctrinas que tendían á hacerla mejor y qne amenazaban con derrumbarla; el egoísmo, imponiéndose; el interés, triunfando; la riqueza, enseñoreándose de todo y queriendo reinar como déspota; la pobreza, ¡su pobreza! menospreciada; el cálculo artero, riéndose hasta de lo más santo; la mentira, hozando para confundir á la verdad; la filosofía, embarullada hasta el caos; el perdón, como un guiñapo, olvidándose; la caridad, desconocida; la mansedumbre y la resignación, relegadas al desprecio, con la tacha de viles, de decadentes, de dignas de que se las pisotee... Todo ello llegó á Jesús en cuadros aterradores, en escenas repugnantes; en pláticas ingeniosas, pero amargas; en libros brillantes, que llevaban en sus páginas el desconsuelo y el frío del acero que mata; en parsimonias y falaces reverencias; en fraudes criminales; en espantosa confusión que hablaba de un mundo podrido y corrupto. Y todo esto veíalo en su caminar veloz, en el andar del rayo azulino y blanco de la lu- z, en aquella noche santa en que se glorificaba á Dios, en que se traía al recuerdo el venir á la vida mortal del N i ñ o de Belén, del Salvador que predicara el amor, la paz, la caridad, la dulzura de alma, la humildad de espíritu, el resignarse ante las negruras de la existencia... Sí que se enterneció también ante actos nobles, hermosos arranques de heroísmo, notas consoladoras de inefable virtud, sublimidades inmensas sólo realizadas por espíritus decididos, enérgicos, valientes, como alumbrados por divinal fuego; mas ¿qué son las chispas de oro que arrastran las arenas de tin río, comparadas con el légamo sucio de su fondo y con el incalculable número de gotas de sus aguas... Paróse de nuevo en un bosque donde brillaba, plateándose, el polvo de aljófar de la escarcha. Los árboles desnudos vistiéronse de pronto de hoja verde y fragante; la selva se iluminó con resplandores fúlgidos, diamantinos, y se aromó con olores de rosas y violetas. Allí donde Jesús se sentó para meditar en lo que había visto, brotaron brazadas de lirios blancos, morados, azules... Y el Salvador del mundo se postró de hinojos, y sudó sangre como en Getsemaní, y lloró lágrimas amarguísimas, impregnadas de dolor inmenso, inenarrable, de dolor divino. Presentábasele descarnada y negra la visión de su Nochebuena, y pensó en su aparecer entre los hombres, en lo que les predicara, en sus actos de amor, de ardoroso amor hacia las criaturas, en aquella su muerte santa para redimirlas, sublimando el perdón y entregándose á sus enemigos por salvarlas... Lloró, lloró, preguntándose si la bondad de los frutos correspondía á la de la semilla arrojada á los vientos para que germinase con lozanía. Mas en su dolor, envuelto en su celestial amoroso éxtasis, aún surgió de su alma apenada el raudal del consuelo nacido de la infinita misericordia que en E l vivía... -Sí, se dijo mientras acariciaba á las golondrinas que en vuelo rápido habían venido á enjugar con su pechuga la sangre divina; sí, como antes hay que perdonarles, porque no saben lo que hacen... Y se sintió aliviado al emprender su vuelta á los cielos. Allá, en los confines de la tierra, esperábanle legiones de ángeles con las almitas blancas de los niños recogidos en el mundo. Reían con carcajadas de júbilo, con algazara loca. Volaron, volaron... Cuando se abrió la celestial mansión entre manantiales de luz y arreboles de rosa, allá abajo, muy abajo, llamaban las campanas á la misa del alba. Y aquel día de Pascua fué soñoliento, obscviro, como si no quisiera abrirse nunca al amanecer ni desplegarse á la claridad rutilante y dorada; como si en él se reflejasen las tristezas por Jesús sentidas en su Nochebuena. LEMA: T I T I T DIIÍUJOS DE R E G K J O U (NÚMERO PAJEFARIM KANTÁSTICOS) 37 DE N U E S T R O CONCURSO DE C U E N T O S