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LA NOCHEBUENA DZ J E S Ú S 3 A J Ó del cielo, de su divinal morada, entre un cortejo de angelillos. que se diseminaron por la tierra para llevar enredadas, entre el plumón de sus alitas rosa ó azul, las almas blancas de los que morían aquella noche en la paz de los justos... Iba envuelto en radiosa, luminosísima claridad; una claridad suave, pálida como la de una alborada primaveral ó como la que derraman los blancos rayos de la luna. Era lo único que podía apreciarse cotno signo de la presencia humana de Jesús en el mundo. Invisible é inmaterial, arrebujábase su espíritu en la gasa impalpable de aquel claror tenue, polvillo de luz, para encerrarse, si la ocasión era venida, en la cárcel de la forma corporal. Bajó Jesús del cielo. Proponíase recorrer su reino, aquellos pueblos en que se le reverenciaba adorándole. Ya estaba solo. I os angelillos agitaron sus alas y emprendieron el vuelo hacia distintas y encontradas direcciones. El también comenzó á andar, á recorrer el orbe cristiano en aquella noche en que se recordaba su venir al mundo, su nacer en el mísero establo... Encarnóse en humano cuerpo. Y oyó clamoreo alegre de campanas, y vio las torres altas, erguidas, orgullosas, retemblando á las vibraciones que de ellas salían rasgando el silencio y extendiéndose en ondas por el azul nítido, sereno, en calma, del espacio. Entró en el templo, donde centelleaban las luces, en pugna con las sombras de las capillas y de los rincones, y en donde el incienso subía, subía en olas de aroma y de color... El ornamento del culto era regocijado como el suceso que se conmemoraba; pero no en todos los fíeles, en el altar de su alma, brotaba generosa la corriente de devoción y de fe. Eo observó con mirar rápido... Y al salir, ensombrecióse su rostro augusto viendo fuerza pública y armada en el pórtico. ¿Es que al templo no se va á elevarse hacia lo alto y que en él se teme el disturbio y el desorden... Un griterío espantoso le sorprendió en ¡as calles. De todas partes salían voces destempladas, juramentos, blasfemias... Al canto dulce de un villancico que entonaban gargantas infantiles, juntábase la copla cínica ó canallesca; al bullicio sano de unas religiosas alegrándose con el zumbar de zambombas y sonajeo de panderas, se unía la canción báquica trascendiendo á vinoHuyó de allí. Unos tenduchos malolienV tes, pestíferos, arrojaban de su seno gentes tambaleantes, mal trajeadas... Unas querían ir templo, tal vez iban; otras deseaban continuar su vida de escándalo en el lupanar. A la puerta de uno de ellos, la sangre humeando, caliente, roja, manchó la santidad d é l a noche... Jesús, con espíritu de sublime caridad, tocó invisible la frente del muerto, y de éste se borró toda culpa. Pero no estaba alegre el celestial viajero. Cuanto le rodeaba era negro, delataba maldad, corrupción, olvido de una ley santa. Quedóse como petrificado al pasar por un edificio triste, sombrío, de donde salían, corno quejas, voces de presos anudadas á un canto de piedad, de perdón, dirigidas á El... ¡También había seres privados de libertad! El consuelo de la resignación cayó sobre ellos como lluvia benéfica en campo abrileño. Metióse en un zaquizamí, apareciéndose como un l) ordiosero, vestido de andrajos, pero con nevada cabellera, resplandeciente cual argentado nimbo... Y se le negó el sustento que, por amor de Dios, pedía. En suntuoso palacio entró también. Bajo artesanados riquísimos, entre sedas y joyas, perfumándose con el vaho abrig ado de una serré donde brotaban flores espléndidas y raras, después de la misa de media noche celebrábase una cena, en la que los manjares más delicados se regaban con los vinos mejores. El bullicio era ensordecedor; se conmemoraba el Nacimiento de Cristo, y desde el zaguán se le despidió á El por implorar una limosna... También corrió de allí como desalentado, sombrío en la pura perfección de sus facciones correctas, finas, expresivas... Como rocío bendito cayó sobre su alma divina el ver á una pobre mujer joven, hermosa, tocada de blanco, ayudando á morir, sonando en la calle la baraúnda de la noche, á un pobre agonizante que se aferraba á un crucifijo. Miró á niños abandonados, sin pan, sin albergue... Pensó en no ver más, en tornar á los cielos. Pero desde un montículo, donde se sentó para meditar, en el que brotaron de repente lirios morados y azucenas blancas, distinguió el luchar de dos pueblos que eran hermanos; la espantosa carnicería de una guerra loca; el caer de jóvenes á los golpes de la metralla; el derrumbarse, incendiadas, casas y ciudades; la humareda del cañón; el retorcerse, gimiendo, de los heridos... ¡Oh! ¿era posible que así buscaran la muerte aquellos hombres, cuando ella no cesaba nunca en su obra de destrucción? Sintió una piedad misericordiosa, una lástima inmensa, y mandó á la paz que se tendiera bendita sobre aquellas gentes. Flamearon las banderas para alegrarse regocijadas, y Jesús, doliéndose del engaño de los combatientes, de su furia homicida, premió á los que murieron por la patria amada...