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tjropiedades que á éste caracterizan. Y no vaya á creerse que D. Emiliano permaneció celibatario poi egoísmo, no; es que el ambiente de Llanada goza de una asexualidad demoledora de- cuantos generosos impulsos de crearse un hogar puedan nacer en el espíritu de sus habitantes. Aquí, dice el boticario de la plaza, que estudió un año en Madrid, Chopencmer realiza su sueño. Es que nos conocemos todos desde pequeñucos, añade para explicar este fenómeno D. Estanislao el indiano, y ¡qué coime! l a conociencia desistiimila, D. Eudoxio Emiliano Franganillo comenzó hacia el invierno del 94 á desertar de las reuniones de prima noche. -Dónde quedará ese santo de Dios? decían preguntándose las á él aficioaadas. Nadie lo veía, y él no daba señales de vida. Una noche súpose toda la causa de este aislamiento en casa de Concha Eusebia. I) Emiliano se había vuelto un sabio; de Vetusta trajéronle una carrada de libros- -lo menos cuatro mil reales de ellos, -y estaba haciendo una obra para ir á Madrid. Por la primera vez en Llanada súpose la verdad de una cosa. D. Eudoxio Emiliano Franganillo habíase arrojado, en efecto, á los profundos abismos de la ciencia por indicación de un profesor jubilado de griego que arrastraba en Llanada una existencia reumática y achacosa. Sí, señor, ha que darle á la vida un empleo útil, y créame usted, Franganillo, dejar una obra siempre es un consuelo. Nordesteado por aquellas palabras D. Emiliano, pensó en que su filiación científica era absolutamente lingüística. Conozco el latín, conozco el eúskaro y necesito llegar á saber esas lenguas que, como el hebreo, se leen de derecha á izquierda. Mandó á pedir á Vetusta libros de títulos impronunciables y cabalísticos con objeto de comenzar el estudio de la filología comparada de las lenguas no una á una, sino por grupos, por familias. D. Rafael el excusador, hombre de veracidad si los haj sorprendiólo un día profiriendo en el silencio de su despacho y ante un espejo donde se reflejaban los castaños de la huerta, vocales de una inefable dulzura y consonantes ásperas j gargarizadoras. Trataba de estudiar el mecanismo de su palabra arrojando sobre las paredes una serie de gritos sabiamente variados. Cada día su paciente análisis le aproximaba al fin obstinadamente perseguido; cada día veía aparecer más netamente la palabra- enigma, el lenguaje del hombre prehistórico, del troglodita de las cavernas; cada día se aproximaba más y más por un proceso ancestral- -decía él, -á determinar la verísima evolución del lenguaje humano. Porque D. Eudoxio Emiliano, h a llegado el momento de decirlo, como hombre sagaz, razonable y atrevido, era partidario del método comparado, é intentaba nada menos C ue agrupar en vasta y armoniosa gavilla la mayor parte de las lenguas europeas y buen número de las asiáticas. La timidez de los iniciadores es inconcebible, es absurda, decía él en un arranque de magna sabiduría. Reconstruir un idioma habladodiace seis mil años en un rincón del globo, tal era su empresa. Mas D. Emiliano, como hombre del Noroeste que era, tenísv sus dudas nietafísicas sobre si después del que los lingüis- S m í r íli í X, i vi U- stas consideran como el último, no había otro, y dei ras de éste otro, y otro todavía, y por fin uno velado por la bruma de los siglos, primitivísimo aborigen tal vagido primero del hombre- niño, grito de la bestia humana Para esto, menester es que se aplique á todas las lenguas del mundo el método de inducción, alargando la forma filosófica conceptual del lenguaje en sí nilsmo, y reuniendo en una inmensa síntesis los materiales esparcidos como polvo impalpable sobre los análisis sutiles é incoherentes de los filólogos de acarreo. De este modo mordaz expresaba D. Emiliano sus ideales lingüísti-