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f pÁ lfSAT JINPANT 1 LE 7 CÜSWTOT CQrígyRTOT HnTORiETAT como un tomate pequeflito y las manos como dos berengenas, las calles y plazas del centro de Madrid. Períquín es pobre, hijo de pobres, nieto de pobres. En su casa, en la casa de sus padres y en la de sus abuelos, jamás se ha celebrado la fiesta de Navidad: pero él bien sabe que otros la celebran, y ve, o í e y huele cómo las celebran otros. Sólo le falta gustarlo y tocarlo. Por eso Períquín llora de envidia y de frío. Hambre no siente: antes bien, está harto de golosinas, frutas y porquerías que le han dado de limosna los vendedores y compradores de la plaza Mayor y de la plaza de Santa Cruz. De la universal y simpática generosidad que en estos días de Nochebuena domina el ánimo de grandes y pequeños, Períquín ha logrado sacar un donativo precioso: un rabel bastante averiado, pero que á fuerza de empeño 5- de tenacidad produce un ruido desagradabilísimo y capaz de raer las tripas á quien las tenga más delicadas que Períquín. Pero en realidad de verdad, un rabel es bien poca cosa para un chico que ha visto comprar cordilleras de cartón piedra, montañas de musgo, ejércitos de Reyes Magos, piaras inmensas de pavos y pavas y rebaños de borregos, bastantes para comerse los pastos de toda la Península é islas adyacentes. U N NACIMIENTO. NIÑERÍA DE NOCHEBUENA Períquín ha recorrido, alelado, lloroso, con las narices ¡Dios mío, todos los niños de Madrid tienen su Nacimiento! Los ricos, que venían en; coche con lacayos galoneados, han adquirido Nacimientos grandes como una plaza de toros, figuras finas de esas qvie tienen mucho brillo y parecen deyeras, y una cantidad enorme de velitas ycandeleros. Los niños de medio pelo han salido del paso con un Nacimiento pequeñito, pero en el que nó faltaban pastores. Magos, un palacio de cartón, un arro 3 uelo de cristal, un puentecillo... Hasta los pobres hijos de obreros han comprado un portalito de á peseta donde, mejor ó peor, aparecían representados el Divino Niño, San José, la Virgen, la muía y el buey. Sólo Períquín no tiene Nacimiento. Anochece. Los puestos de Santa Cruz están Henos de luces de petróleo, á cuyo fulgor brillan las figuritas de pastores y zagalas. En los escaparates de las tiendas, las bombillas y los mecheros de gas se. esfuerzan por disipar el vaho de los cristales. Períquín, desesperado, se vuelve á su casa, allá en lo más hondo de la calle del Amparo. Al llamar a la puerta 03 e los gritos de sus seis hermanos, algunos menores que él, y también escucha el vagido de un niño más chico: otro hennanito que acaba de nacer. El padre sale á recibir á Períquín. En el rostro del pobre trabajador hay una sonrisa llena de amargura. De entre ella salen estas pala. bras: -Entra, hijo mío, entra. También aquí tenemos nacimiento. nnsujo DE S. KCHA