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momento se acordó de la advertencia que alguno de sus camaradas le liabía lieclio de que tuviera cuidado por aquellos sitios con el encierro de los toros. Paróse, palideció, y súbitamente trocóse su alegría en espanto. Los cencerros se oían cada vez más cerca, -trémulo, perdida la serenidad, agolpósele la sangre en el cerebro, y á su vista se apareció entre cuernos la terrible guadaña de la muerte. Ciego de terror y guiado sólo por un impulso hijo del instinto de conservación, agarróse á los hierros de una reja que vio á su lado, y encaramóse en ella en menos tiempo que se dice, para salvar la pelleja. En aquel mismo instante aparecieron por la carretera formando obscuro montón... unas cuantas burras de leche que se retiraban á la cuadra, seguidas de su amo, quien caballero sobre una de ellas, desternillóse de risa al ver la ridicula figura y grotesca facha de Simplicio, lleno de espanto y subido á la reja como mono en cucaña. Descendió de. su barrera improvisada el pobre Triguero, á quien el susto le había llegado hasta las piernas, y viendo que éstas no le tenían bien, entróse por las puertas de un tabernucho ó merendero que al paso había, y allí le fué propinado una de tiple ó sea una copita de amílico con pretensiones de aguardiente. Aquel miedo que había pasado después de haber comido y bebido bien, el veneno contenido en la copa de íf e y en la tagarni 7 w, la carrera que dio para ganar el tiempo perdido, la preocupación por el natural desaliño de la persona, y sobre todo la emoción de hablar de cerca á Serafina y aspirar su embriagador aliento, trastornaron de tal manera aquel cerebro, que bien puede decirse que Simplicio entró en casa de su novia sin darse cuenta d j lo que hacía. Dio un terrible pisotón á la fregona que le abrió la puerta. Fué á colgar el abrigo, y con gran estrépito dejó caer al suelo la mal scstenida percha. Al oír el ruido salieron asustadas las dueñas de la villa, y Simplicio hubo de hacer su presentación y los correspondientes cumplidos á su futura suegra apoyado de bruces sobre la pared, tratando de sostener la percha entre las dos manos. líncargóse de ella, por fin, la doméstica, y tras las disculpas que azorado y tartamudeando dio como pudo el pobre Triguero y Cabezón, hiciéronle pasar, algo amostazadas las Rapiñas, á un gabinetito. No bien hubo tomado asiento, fué á hablar, y al incorporarse sobre la mecedora donde se hallaba sentado, sintió un desvanecimiento seguido de crueles ansias, que se manifestaron de un modo terrible. Preparábanse las Rapiñas, poseídas de tanta indignación como sorpresa, á pedir explicaciones y apostrofar á Simplicio, cuando éste, buscando apoyo, dejó caer el codo sobre un contiguo velador de dudosa estabilidad, donde se hallaba el quinqué que alumbraba la estancia, y cediendo al golpe, rodaron por el suelo velador y lámpara rotos en incontables pedazos. Aprovechando la obscuridad y como pudo, salió de allí para siempre Simplicio; tal quedó de corrido y avergonzado; y una vez en la calle, como las náuseas y el malestar siguieran, recostóse en un árbol, y sentado en el suelo, víctima de invencible sopor, quedóse dormido. Sería más de la una de la madrugada cuando Simplicio despertó, y sintiendo fjío y mal cuerpo, levantóse, consultó su reloj, y puesto que no había tranvía á aquella hora, echó á andar con dirección á Madrid. Apenas había comenzado su camino, cuando de nuevo percibió son de cencerros. Detúvose, pero echando la cabeza hacia atrás como lanzando de sí toda preocupación, y encogiéndose de hombros, sonrióse desdeñosamente y exclamó: ¡Otra vez las burras! -y despreciando el ruido que producían las bestias que se aproximaban, siguió su camino. AI oír cerca de sí pisadas aceleradas, volvió la cabeza con aire resuelto, más por curiosidad que por nada. En aquel mismo instante, á un tiempo que se enteraba de que lo que creyó burra era un berrendo en negro enorme de los que habían de correrse al siguiente día en la Plaza de Toros, sintió que tras rudo golpe se nublaba su vista, perdía tierra, y elevándose á gran altura caía después apabullado y maltrecho en medio del arrovo. Más parecido aún que antes á su madre, pues que se halla bizco sin duda de lo cerca que vio las estrellas la noche del lance referido, encuéntrase ho -Simplicio Triguero y Cabezón en Valdecarábanos, dueño de todos los bienes de su casa, porque su padre murió quizás efecto de la mala impresión que le causara el lastimoso estado en que vio volver á su hijo al hogar paterno. Entregado á las rudas pero salutííEeras y productivas labores del campo, bendice Simplicio á la Providencia, agradecido al favor que le hizo y aviso que le dio con todos los sucesos de aquella noche última que pasó en Madrid, pues al siguiente día lleváronle á Valdecarábanos, lacerado su cuerpo y jurando no volver á poner los pies en la coronada villa que él llama del oso y del demonio, lo cual, dicho sea de pasada, oj en con gran contentamiento las mozas del lugar. ¡Lástima grande que tanto Simplicio como hay por Madrid no halle la suerte de Triguero y Cabezón X. viF, R CABELLO Y LAPIEDRA D I B U J O S Olí XAHDARÓ