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UN LANCE EN LAS VENTAS p R A Simplicio hijo de D. Frutos Triguero, acaudalado labrador de Valdecarábanos, y de Petronila Cabezón, su esposa, á quien llamaban de apodo la Pirindola. -De D. Frutos no se conserva retrato alguno, ni falta que nos hace; pero de Petronila hemos podido admirar uno, del que se deduce c ue era pequeña de estatura, de diminuta cabeza y regordeta de cuerpo, con un contoneo al andar que parecía un peón bailando, de allí su apodo. Simplicio era más Cabezón que Triguero, salvo que P e t r o n i l a se uedó bizca al dar á luz i su hijo, no de admiración, sino por efecto de una contracción n e r v i o s a y n u e s t r o héroe no bizcaba. En camIJÍO, tocaba la bandurria, hacía coplas y además era f á c i l m e n t e enamoradizo. Después de ocurrir el fallecimiento de su madre, pudo por fin realizar Simplicio su delirio y vino á los íadr les en calidad de estudiante de Icji- es, c o n t r a la voluntad de su padre, cpie tenía miedo de que el chico se le- encenaguara. en la corte. Hacia meses que estaba en ella, y lo cierto es (aunque en el imcblo creían, porque él se lo había hecho creer, que era mu aparente pa abogao, deputao yhasta nicuistro que, gran amigóte de o t r o s camaradas, hallábase por completo entregado á la holganza y sólo pensaba en divertirse, sin asistir un día á las aulas. Hospedado en, casa de una doña Perpetua, honorable patronamás sucia qxic complaciente, maldito el caso que hacía Simplicio de las cartas, intérpretes de la justa cólera del Triguero que le dio el ser, quien se hartaba de mandar dinero á su hijo, iMamagiiao, en efecto, en el vértigo de los goces cortesanos. Por las tardes se dedicaba á la caza de miradas tiernas en puesto, como quien caza perdiz con reclamo, recostado en la esquina de las calles de yVlcalá y Peligros; pero como es, en efecto, peligroso jugar con fuego toparon cierto día sus ojos con otros cpie iban echando lumbre, propiedad de una j oven vehemente y apasionada. Diéronse el quién vive mutua y recíprocamente, y reconocido el personal, quedóse Simplicio desde aquel momento convertido en rabo de aquel lucero, atraído por el iniáu de su mirada. En la denominada Ciudad I ineal, pasadas las Ventas, habitaba con su madre, doña Caridad, la joven que electrizó á Simplicio, y cpie se llamaba Serafina. Conocidas en Madrid por la traíña y e jeito, sin duda por lo que se disputaban -A pesca madre é hija, eran el único saldo que quedaba de la familia del infortunado comerciante D. Jxidas Rapiña, al morir el cual vendieron lo poco ciue les quedaba, encontrando en la Ciudad Lineal su refugio. La madre, jamona muy pintorreada, rechoncha y cursi hasta el alma, asemejábase á una zambomba sin caña, y la hija, morena tan cursi como su predecesora y larga como un cohete, parecía la caña de la zambomba. Pero lo cierto es c ue el más Simplicio de los Trigueros y Cabezones, ó el más Triguero y Cabezón de los Simplicios, cada día estaba más loco de amor por su Serafina, que al parecer le correspondía. Nuestro hombre pasábase el día chupando los hierros de la verja que circundaba á aquel paraíso, atisbando para hallar la ocasión de conversar con su Eva, ha. sta que formalizadas las relaciones, dióle Serafina la grata nueva de que desde aquélla, podría ir de tertulia á la casa todas las noches. Simplicio recibió la noticia con febril entusiasmo, y ciego, sordo y alelado tomó el tranvía y fuese á su casa rebosando satisfacción. Vistióse de punta en blanco con lo mejorcito que tenía en el cofre, y para ciar rienda suelta á su alegría, marchóse á comer á un restatirant que gozaba de fama, más por la cantidad que por la calidad de la alimentación. Era una hermosa noche. Traducido su contento en apetito, comió y bebió Simplicio á satisfacción, y tras el obligado café y tagarnina, tomó de nuevo el tranvía con dirección á las Ventas, sin caber en sí de gozo. Parecíale mentira tanta felicidad, y todo se le volvía mirarse las botas, tocarse la corbata y atu. gaise el pelo, para hacer una entrada digna de él en la celestial mansión de su adorada. Llegado al sitio donde termina la vía del tranvía del Este, bajóse de él y tomó á pie el camino de la villa. No habría dado cuatro pasos, cuando le pareció distinguir á lo lejos el sonar de cencerros. En aquel