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TE EL SITIO DE PARÍS í, M (De Ernesto de Hervilly) I es ya media noche. S ¡eierzc sopla penefraníe, frío, glacial, como en la explanada del legendario easfillo de Slseneur. 61 arma al brazo, paseo, helado y erguido: seiscientos ueiniidós haces de heno ausfodio y oigilo. Sn las horas apacibles de los ensueños idílicos, esa es mi consigna. ejos suenan unos cuantos Uros, que el silencio augusto rompen de oez en cuando, dormidos no están nuestros compañeros allá en la oanguardia; el pico pronto á la réplica llenen si alza el gallo el enemigo. i2 ravo, eamaradas! Mientras, aguardo, siempre en mi sitio, la patrulla, y lleuo al hombro un viejo fusil, roldo por el hollín, como lleva, descuidado y distraído, cualquier devoto cofrade un ahumado Crucifijo. S aseo arriba y abajo; hago en el aire castillos; y cuando ruge á lo lejos la guerra, el olor pacífico del apilado forraje á boca llena respiro. J f iM TI Veo á los chicos del barrio salir gozosoc de escuela. Smbadurnadcs de tinta, arrastran per las aceras, que dora el sol de la larde, libros rotes de hojas sueltas. os grandes á pies juntlllas, gritando y haciendo muecas, trazan los giros extraños de alguna dama grotesca; y los otros, los pequeños, rompen filas, y se alejan para buscar afanosos la codiciada merienda. ¡Jlfortunadas criaturas sin cuidados y sin penasl Oyendo su alegre charla, que tan bulliciosa suena en el ambiente apacible de otoño, nadie dijera que devastan nuestros campos los horrores de la guerra, si en el tropel de muchachos de ropa rota y mugrienta no viéramos otros niños ¡contraste que al alma Ilegal paliduohos y ojerosos, con flamantes blusas legras. TEODORO L L Ó R E N T E n U J O DE ZAPATER