Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
En efecto, por el opuesto extremo del claustro aparecieron las hij as de Luis XV, viejas, arruchadas, a p o y a das una en otra, mirando con inquietud el grupo q u e formaban sus compatriotas, sonriendo al jefe de la e s c o l t a y llam á n d o l e con sus manos patricias, c u b i e r tas con mitones de seda. El s a r g e n t o de la República se acercó á ellas, mientras el embalador contemplaba de lejos el desastroso efecto que su resolución causaba en el ánimo de las princesas. Agitadas las tristes ancianas por la noticia- de su abandono, consultábanse una á otra con ansiedad, volviendo los rostros hacia el diplomático, como si lucharan entre la necesidad y el orgullo para interpelar directamente al represerta ite de la Revolución y pedir su ayuda, La presencia del conde de Cliátillon vino á resolver el conrlicto. Cuchichearon un momento las altezas al oído de su mayordomo, y un instante después acercábase el palaciego al diplomático para preguntarle cortésmente: -Creo, señor embajador, que habréis reconocido á las personas á quienes hace un instante socorristeis tan generosamente. -Sí, señor conde. He reconocido en ellas á las hijas de Luis XV, que como señoras y como francesas merecen todo mi respeto, y estoy pronto á liacer cuanto manden sus altezas reales. -Entonces- -prosiguió el cortesano- -me permitiréis que os suplique, en nombre de las princesas, no las privéis de la escolta de vuestros soldados, á menos de existir un motivo suficiente. -Por desgracia, ese motivo existe. Desde ayer está declarada la guerra entre Ñapóles y Francia. Ved, por vuestra llegada aquí, cómo la presencia de los soldados de la República, en lugar de servir á sus altezas, perjudicaría su tranquilidad, que una vez dados á conocer sus nombres, será completa. ¿Estáis satisfecho? -Tengo otro encargo de las princesas, que es el de acompañaros á su presencia, para que ellas mismas os den gracias por vuestro proceder. -Con mucho gusto aceptaría el alto honor q u e m e ofrecéis, pero... teiuo que mi presencia les sea desagradable. -Os aseguro que... -Hace un momento hablabais de reconocimiento, y os cité vuestro nombre. En cambio, ignoráis el mío; no sabéis quién soy. -Sabemos que sois un hombre de mundo y de educación. -Pues... precisamente por esas cualidades fué por lo que la Convención me eligió para tener el triste honor de leer al rey Luis XVI su sentencia de muerte. El conde de Chátillon dio un paso atrás y preguntó con voz trémula: ¿Entonces sois el convencional Garat? -El mismo, señor conde. Ved por el efecto que mi nombre hace en vos, el que causaría en esas pobres señoras que eran tías del rey. Verdad es- -añadió el embajador- -que en vida no se llevaban mu bien con su sobrino, pero seguramente hoy le adoran. La muerte es como el sueño. Hace cambiar de opinión. E inclinándose ante el espantado mayordomo, alejóse el embajador por el claustro. Antes de desaparecer se detuvo junto á uno de los arcos, y pudo contemplar el gesto de horror de madame Victoria y el movimiento de amenaza de madame Adelaida al escuchar las palabras de su acompañante; después, la precipitada fuga de ambas señoras apenas acabó Chátillon su discurso. El embajador sonrió generosa y tristemente. La campana de Santa María tocó el- ngelus. A lo lejos se oyeron las voces de los dragones franceses que, ajenos al pasado y al porvenir, cantaban alegremente la Marsellesa. ALFONSO D I B U J O S D E rilENDKZ BRINCA DANVILA