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Libres ya de responsabilidades con la retirada de los viajeros, dispusiéronse los franceses á pelear contra los revoltosos, y nadie hubiera Isido capaz de prever los subsiguientes males si en el mismo momento no aparecieran algunos de los señores que desde la hostería habían presenciado el suceso, y que, movidos por el ejemplo del caballero del capote, acudían á impedir la efusión de sangre. Empleando corteses palabras, hicieron comprender al desconocido que la indignación del pueblo procedía, sobre todo, de la vista de los uniformes franceses; insinuaron después la conveniencia de refugiarse momentáneamente la escolta en el templo, y concluyeron por pedir á su interlocutor que él mismo, con sus criados, diese el ejemplo, pues movidos por la necesidad, habían tenido que enterargracias á una indiscreción que S. E. les perdonaría, sabían que hablaban nada menos que con el ijador de Francia en Ñapóles, noticia que no era la más propia para calmar la indignación del embajc pueblo. Sonrióse el diplomático al verse descubierto, y aceptando la idea de ÍUS espontáneos favorecedores, entró en la iglesia, después de darles las gracias, mientras fuera continuaba rugiendo la multitud. En el presbiter i o é inclinadas las cabezas ante una Madonna de Silvestro de Bnoni, oraban prosternadas las dos viajeras, inmóvil, r í g i d a l a una, temblorosa y estremeciéndose á cada momento la otra. El caballero h a b í a desaparecido. Transcurrí eron u n o s minutos. L o s rumores de l a c a l l e fueron disminuyendo. Por último, reinó eriendo turbar la delas, salió entonces el stro que comunicaba lamando al sargento a escolta preguntóle en aquel pueblo, descubriendo la faja que ceñía la cintura del embajador- -todo es por culpa de esas dos momias que acabáis de ver, y á quien el marmolillo de su acompañante trata de princesas. ¿Princesas? ¿Cómo se llaman? -interrogó el diplomático. -Una, la más simpática, la más encorvadita, madame Victoria; otra, la más orgullosa, la más tiesa, madama Adelaida. ¿De veras? -Sí; parece que las dos eran tías del tirano difunto, y que su padre fué Luis XV, el que por divertirse arruinó á la nación. ¡Bien lo han pagado! Cabezas aún tienen en los hombros, pero... ¡sustos! Ya sabéis cómo se escaparon de Francia; unos días más, y no pueden. Se fueron á Austria, y de Viena vinieron á Roma; pero una de ellas se puso mala, porque entonces eran tres, y la otra, que al cabo se murió, se llamaba madame Sofía. Y éstas la lloraron mucho; porque, aunque parezca mentira, entre esta gente se sienten también las cosas. Pero en seguida quisieron venir á Ñapóles, donde parece que tienen parientes en buena posición, y le pidieron al general Championnet una escolta, y por eso venimos nosotros con ellas. ¿Qué te encargó el general al marcharte... -Que las acompañase hasta la frontera, y más allá si querían, porque dice el general que, después de todo, son dos hijas de Francia. Y también dice que para el tiem. po que les queda de vivir, se les puede llamar princesas, y á su acompañante conde de Chátillon; de modo que yo lo he hecho. Y no creáis que, en medio de todo, son muy cariñosas; pero nunca ríen, y no les alegran nada las victorias de la República. ¡Parece mentira, siendo francesas! ¿No halDéis tenido ningún disgusto en el camino? -Ninguno. ¡Si me han tomado una afición que no pueden vivir sin mí! Me hablan de mi mujer... y de mis hijos... y de la vieja... y á veces dicen cosas tan dulces, que me hacen llorar. -Pues es necesario que te despidas de ellas y que te vuelvas conmigo á Roma. ¿He hecho mal? -No; pero habría peligro para ti en que siguieras escoltándolas. Además, yo asumo la responsabilidad del hecho. ¡Pobres viejas! -exclamó con desconsuelo el veterano. ¿Qué van á hacer sin mí? Tan acostumbradas á verme... ¿No digo? Miradlas. Han notado mi ausencia y vienen á buscarme.