Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
1798 1 A plaza Mayor de Foiidi respiraba animación. En la hostería frontera á la Catedral discutían aca ioradamente las personalidades de mayor consideración en el pueblo, y ancianos, mujeres y mozos, olvidados d e s ú s ocupaciones, extendíanse, charlando ó bailando, indiferentes y alegres, por el trozo de la Vía Apia, que sirve de calle principal á la antigua Fundí. La conversación de todos ellos versaba sobre las últimas noticias recibidas de Ñapóles, que anunciaban nada menos que la ruptura de relaciones entre D. Fernando IV y la Kepública francesa, y el avance hacia Fondi de las fuerzas napolitanas establecidas en el campo de Sessa. Medio envuelto en ancho capote gris, el sombrero calado hasta los ojos y el cuello subido como para ocultar las facciones, permanecía junto á una mesa un caballero de aspecto marcial, hacia quien se dirigían escrutadoras las miradas de los personajes reunidos frente á la hostería. De todas las averiguaciones hechas para descubrir su procedencia, sólo había podido saberse que venía de Ñapóles, y que un accidente ocurrido en la silla de postas que montaba le había obligado á detenerse, muy contra su voluntad, en Fondi. Sus únicas palabras habían sido para enterarse de cuánto tardarían en reparar el desperfecto y de qué distancia le separaba de Terracina, primer pueblo de la frontera romana. Parecía persona de gran consideración; y aunque hablaba italiano, podía asegurarse que era extranjero. Naturalmente, curiosos los habitantes de Fondi, dábanse á cavilar sobre la naturaleza del personaje en cuestión, cuando se vieron distraídos por insólita algarada que, viniendo del camino de Terracina, crecía por momentos, adquiriendo caracteres de verdadero motín. IvOS notables se pusieron de pie sobre las sillas, no sin el secreto temor de ver aparecer en lontananza las bayonetas enemigas; pero pronto se tranquilizaron sus ánimos al apreciar que todo el vocerío se dirigía contra un coche que avanzaba lentamente, rodeado por la multitud y protegido por una pequeña escolta de soldados franceses. Detenidopor la muchedumbre, al llegar frente á la iglesia de Santa María intentaron los dragones abrirse paso, ocurriéndosele en mala hora á uno de ellos desenvainar el sable y blandirle sobre la multitud. No fué menester más. Disparadas con certera puntería, cruzaron por el aire varias piedras, y una de ellas vino á estrellarse en la frente de uno de los soldados, mientras otra hacia añicos los cristales de la carroza. Enardecida la plebe, comenzaba á desenganchar los caballos, y entre mueras á Francia y vivas al Papa y al Rey se disponía á tomar una de esas venganzas que acreditan la ferocidad del ueblo, cuando inopinadamente apareció ante sus ojos el caballero del capote gris, seg uido de varios hombres armados con sendos pistolones. La presencia de aquellos defensores sorprendió á la muchedumbre, que retrocedió instintivamente, y aprovechando la tregua, apresuróse el caballero á abrir la portezuela del carruaje y hacer salir de él á los viajeros que le ocupaban, para obligarles á refugiarse en el templo, cuj a puerta permanecía entornada. Primero descendió una anciana de aspecto imponente, con el rostro muy pálido, que sin dignarse mirar al populacho entró en la iglesia. Después otra señora de aspecto más decadente aún, vestida de luto como su compañera, á quien se parecía en todo menos en el valor, pues tímida y miedosa, imploraba la clemencia del pueblo con sus ojos dulces y tristones. Por liltimo, abandonó el coche un caballero vestido con elegancia, y que á la legua delataba pertenecer á la antigua nobleza.