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balcón de ciería c a s a que hay enfrente de mi hofeU, s e a s o m a una joven rubia y esbelta como no hsy fres, y habla por s e ñ a s con uno que sostiene la pared de enfrente y que hace ya tiempo SU novio debe de ser. El lenguaje de las m a n o s es cosa que nunca usé, y no es á mi edad chocante que no lo pueda entender. P e r o la curiosidad me picó, no s é por qué, y detrás de mis vidrieras, si no tenía qué hacer, observaba yo la charla de aquellos novios. ¡Qué bien movían las manos a m b o s para entenderse, pardiez! Yo me fijaba en los dedos, y aunque mucho me fijé, no pude enterarme nunca. ¡Si era atroz la rapidez! S o y testarudo y no quise de mi capricho ceder, y recordando que s a b e n hablar así los de Arques, íntimos amigos míos, en su casa me planté y Íes hice que me dieran leccicnes durante un m e s P r e p a r a d o de esta suerte, vi á los novios otra vez; m a s qué dianfre! ni por e s a s! ílna tarde y dos y cien seguí su charla observando sin poderla comprender, hasta que ya un día el dueño de una tienda que hay al pie del balcón, me dijo: -ñmigo, me inspira usted interés, porque le veo intrigado ya h a c e días por saber qué es lo que hablan esos chicos, y aunque una libertad es, me permito aconsejarle que no s e moleste usted, p u e s por más esfuerzos que haga no ha de entenderlos. ¿Por qué? -P o r q u e me he fijado en ellos, y no hablan más que en inglés juan PÉI EZ ZÜflISñ D I B U J O DE X. AUDARÓ