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LA FATT ADERA lEPlEODfO QE V l A J e í I A TrtAV 3; s. vJios en rarritnjc! n viWa, dmulr? TÍOÜ clctuvímo p a r a rcmutinr el g a n a d o l, a iiiJirinnHi frtsi: i y cJ ciV- lu sj ns cnTivíilnlian á iiinlar, y p a r a tí seiiliiTi ccemos de! n en cocht que ndoniitizt: n i ninsciilus, cilipe ainos á recorrer íiis c: i Tcs solílaH. i- s sjii rumbo fijo. ii: mdo al íin t- n la plaza, muy coJiciimda J e vcudcídortfíi, por ser aqiit- l d t d e mercado. Desde luejjn llamó nuestra atención un silencio impropio d t l In r, siempre bullicioso, y el abau lon o en i ue s e hallaban tí dos l o s puestos. í ¡se coiupraba ni se vendía, I. ns aldeanji f o n u a n d a Jipretadoí í rupas. üo parecían cuidarse d e s ú s mercaucias; ios pucheros tripudos llenos de leche y natas, las cestas eou frutas y quesos y los montones de legumbres y hortaliz a s illí estahan sobre el sautn suelo sin q u e iiíngnii c o m p r a d o r los solieitaseKcspirábase un ambiente de tristeza y d e duelo, y afli; ía el ánimü ver toda aouella gctlte vestida d e l u t o N i u n a o a aldeana hicEa al cnello ni á la cabeza esos pañuelos cncarn: iüos y azules, v e r d e s ó ainarillns. con q u e se aduniaii liabitualuicnte las mozaíi a s t u r i a n a s T o d a s ellas habían sustituido los vistosos refajos con sayas nejiras, y n e g r o s eran también los pañuelos del cuello y de la cnbeza. como los peudientL S que reempíababan á los coralcfi. La guerra tena? la s a u g d c u t a lucha sostenida míis all ¿de los mares por nuestro ejército, había cubít- rtít de luto las alm; ií! y los cuerpos d e t o d a aquella í; enic. Un el concejo n o hubla familia t ue un llorase la pérdida reciente d e algüd ser querido, y niucha- la mayoría, aún tenían por allá püricnte amigos ó deudos. Esto explica la inquietud fobril cim qne a; íuarilaban noticias d e la g u e r r a 3 la ansiedad con q u e todos los días se reeíljía el correo. Acababa este de l l e g a r m u y poco antes q u e nosotros, y en aqnelloB grupos d e aldeanos se leía el periódico de Madrid, consuelo d e congojas q u e traía la n a e v a fcli ¿y la desdichada, pero q u e al íin hablaba d e aqni llos que cstubau tau lejos y q u e acaso n o volverían, Apiñados en torno del lector, que con el índice iba sefialando l,i s líneas del periódico no con la raiidez que los oyentes deseaban, h o m b r e s y mujeres, en mas or n ú m e r o éstas, escuchaban, couleuíeudo a respiración, aquellos párrafos en qne se hablaba d e v i c t o n a s y descalabros, d e triunfos y derrotas, de hechos heroicos y de h o r r e u d a s pcnalidades. M una vez iuterruninían l a lectura ton exelamacioue d e ira 6 d e entusiasmo, ó p a r a c o m e n t a r l a f naiTH plaza. Deshieiérouse cou rapidez los fpnipos, y los aldeanos q u e los formaban corrieron eu tropel hacia el Mtio d o n d e h a b í a s o n a d o Nosotros Íes seguímos: pero al llej ar habíase fonuado y a tal masa d e ícente alrededor de la mujer q u e gritaba, que uo nos fué posible verla. Sin d u d a se habla accidentado, porque se oían sus sollozos entrecortados por e ritos ¡p l u r a l e s La algarabía de los aldeanos era ensordeced ora, y no hallábamos medio d e a v e r i g u a r lo sucedido, cuando por fin la noticia, pasando de bocni en boca, lleg ¿h a s t a nosotros. -I r holedá l a p. auadera, -decía un aldeano- I Lkft flfl. -exclamabíi otro,