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Entonces la dama separó las rosas de sus tallos, y esparciéndolas sobre los sillares desnudos, ocultó su rugosa superficie. De pronto, al medio día, cuando el soi brillaba con más poder, pasó sobre el disco del astro una ráfaga ondulante y deslumbradora. Fué como un relámpago, como el caer rápido de una estrella voladora. Viéndola, Imelda gritó, mientras la anciana, alzando las manos, decía: Por cuarta vez te admiran mis ojos, ave inmortal. Al percibir las flores el Fénix, refrenó su vuelo y posóse un momento en la torre más alta, sobre las rosas de la condesa. Luego huyó otra vez, semejante á un astro errabundo, dejando á todos pasmados por su hermosura; y en la alta torre, sobre las rosas reducidas á cenizas por el roce del ave halló la condesa un huevo de cascara deslumbrante que fulgía bajo el llamear del sol. III Las flores más frescas y los más dulces perfumes rodearon el huevo maravilloso durante los cuarenta y siete días precisos para su incubación. Y llegado el anochecer del iiltimo, nació el portentoso pájaro cubierto de plumas purpúreas y doradas. Sombre su cabeza se estremecía un penacho deslumbrador, y el plumaje de sus alas, esponjándose y aligerándose por sus extremos, flotaba espTimeante y grácil- I a luz clarísima de sus ojos azules atravesaba las tinieblas, y su pico aguileno era áureo y muy fuerte, como pudo apreciarla condesa por sí misma, pues el primer acto del ave Fénix fué picarla ferozmente en un dedo. Mas el goce de ver realizado su antojo consoló á la dama del dolor de la herida; y ayudada por la vieja, pudo domeñar al Fénix y encerrarle, ya de noche, en la pajarera. El sueño de la señora fué turbado por vagas y extrañas visiones, pero al despertar, todas huyeron. Pensando en el ave prisionera, y deseosa de contemplarla, saltó del lecho, se fué á la galería. Cuando penetraba en ella, oyó un rápido batir de alas y vio que, rompiendo las barras del jaulón, el Fénix huía y escapaba por una ventana abierta. Hacia ella corrió la condesa, y sólo pudo contemplar la estela dorada del ave que refulgía sobre el verdor de los montes, alejándose velozmente. Hacia aquel rastro fugitivo alzó la señora sus manos, mientras dos gruesas lágrimas se desprendían de sus ojos. Mas al tornarlos á los otros pájaros, el llanto de la condesa corrió abundante, pues los vio inmóviles, ensangrentados, muertos por el Fénix. Ki uno solo vivía, y sobre los cuerpos ineiles de las aves grandes se amontonaban los de los pajarillos, menudos copos d e plumas erizadas por el terror de la muerte. ÍA, I! m Al llanto de la condesa apareció la mendiga. ¡Ay, madre! -sollozó la señora. Cuán grande es mi desgracia! Mis rosas perecieron; mis dulces cautivos expiraron. Todo lo perdí por la breve posesión de un imposible. Entonces, las diminutas perlas de la anciana se hincharon, se rompieron, -la luz que parecía encerrarse en ellas surgió en haces, aureolando el rostro, donde aparecieron las dulces facciones de Santa María Egipciaca. La condesa cayó de rodillas ante la Bienaventurada, y ésta le dijo: Ve en el Fénix fugitivo la imagen del hijo que ansiabas. Nuestro Señor, en su bondad, te hizo estéril por no turbar la paz de tu alma. El hijo que te cabía en suerte hubiese marchitado las flores de tu juventud, desvanecido el alegre reposo de tu madurez, la tranquilidad de tu vida toda. No le retendrías junto á ti, 3- ni tus súplicas ni tus lágrimas podrían luchar con el amor ó la ambición, que te le hubiesen arrebatado. Así, vive serena sin ansiar goces que tanto cuestan. Adiós, hija mía. Dios te bendice y te ama. Dicho esto, la aureola de la Santa creció, y envolviéndola en una nube deslumbrante, la ocultó á los ojos de la condesa. Después el fulgor arremolinóse, y ascendiendo por el aire, llegó al techo y desapareció, mientras la señora, secando su llanto, acataba la voluntad divina. LEMA: D l l í U J O S DE R E G I D O MIRELLA FANTÁf TlCOSÍ (N Ú M E R O 35 DE NUEóTXÍ. O CONCURSO I E CUF. NTOS