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que aquella mujer había nacido en Oriente hacía muchos, muchísimos anos, y que en el mundo sólo contaba por todo socorro y consuelo con los auxilios de las almas buenas y de los blandos corazones. Mientras, la condesa contemplaba el marchito y arrugadísimo rostro de la vagabunda, creyendo adivinar bajo aquellas facciones otras jóvenes y bellas que le eran familiares. Pero la atención de la dama no pudo dar con el parecido, pues se distrajo contemplando dos diminutas perlas, iguales, perfectas, luminosas, que blanqueaban en las orejas apergaminadas de la anciana. Eran tan ÍDellas á pesar de su pequenez, 3 de una albura tan extraña, que la condesa no pudo menos de interrogar á la mendiga sobre aquel lujo, poco en armonía con los harapos de su traje. Mas la vieja no respondió acorde á las preguntas, y entonces Imelda, pensando que la caridad y la discreción son hermanas, no interrogó más y sólo invitó á la anciana á que permaneciese en el castillo cuanto tiempo quisiera. Musitando acciones de gracias aceptó la desvalida, y al retirarse su bienhechora, la bendijo extendiendo una mano sarmentosa y temblona, casi transparente en fuerza de delgadez. HaDia ti anscurrido algún tiempo desde el arribo de la vieja, cuando una tarde se apareció en la galería donde se hallaba la condesa contemplando los pájaros. I a dama la recibió amablemente, pues no era orguUosa, y la mendiga admiró con grande competencia y sabiduría los pájaros prisioneros. Mas antes que la condesa Imelda pudiera condolerse de la falta del Fénix, la vieja le mentó, extrañando no admirarle en colección tan completa. Harto me apena no poseerlo- -suspiró la señora- -pero nunca he podido alcanzar noticia c i e r t a d e él. Algunos le han perseguido, mas nadie le ha capturado. Vos, madre mía, que tanto habréis visto, ¿contemplasteis alguna vez eí ave Fénix? Mis ojos le contemplaron tres veces- -habló la vieja. -En estas pupilas, tristes hoy, se reflejó la magia de su plumaje. En Samarcanda, en Damasco admiré el ave que ansiáis, y en Heliópolis de Egipto asistí á s u muerte y portentosa resurrección. ¡Oh madre! -rogó la condesa- -decidme, ¿vuestra sabiduría conoce algún medio para cazarle? El ave Fénix es intangible- -pronunció solemne la mendiga- -y ningún arma puede herirle, ni hay lazos que le apresen, ni trampas que lo engañen. Oyendo aquellas palabras, la condesa suspiró entristecida. La vieja calló un momento, y después, mirando atenta á la castellana, dijo lo siguiente: Nadie puede cazar al ave Fénix, pues si se le ve alguna vez es porque condesciende á mostrarse, pero siempre de modo rápido y furtivo. En algunos casos, muy raros, rarísimos, el ave deja en manos del hombre un huevo solo de gran tamaño y áurea cascara, rizada por cabalísticos dibujos. Mas para que tal suceda, es preciso florecer el sitio sobre el cual pasará el Fénix y cubrir sus alrededoi es de corolas y pétalos hasta formar un fragante tapiz. Dichosamente para ti, ¡oh cariñosa dama! tu castillo se encuentra en la ruta que el ave sigue en sus viajes seculares. Mis cálculos me indican que pronto pasará el pájaro sobre estos torreones. ¿Quieres poseer volátil tan portentoso? La condesa imploró juntando las manos. Piensa- -siguió la vagabunda- -que durante cuarenta y siete días has de rodear el huevo del ave Fénix de flores frescas y lo has de saturar con líquidos perfumados. Al cabo de ese tiempo, el pájaro nace y, por su naturaleza mágica, viene al mundo cubierto de plumas, hermoso, fuerte, pronto á volar. La dama se acercó á la vieja. ¡Oh madre mía! -habló. ¿Cómo podré pagaros vuestros servicios? La mendiga, sin responder á esto, dijo solemne: Acuérdate que has deseado el ave Fénix, es decir, algo portentoso, singular, que no todos pueden poseer. Mas la condesa, llena de júbilo ante aquella probabilidad de realizar su capricho, no reparó en las misteriosas amenazas que parecían ocultarse en las últimas palabras de la vieja. Llegado el día qtie la mendiga indicó, el castillo ocultóse bajo las flores, semejante á un inmenso ramo. Sólo en la torre más alta algunas piedras quedaron descubiertas. La anciana ordenó se cubriesen también, pues de no ser así, el Fénix pasaría de largo. Pero los jardines, los huertos y las praderas habían sido segados, y no quedaba ninguna planta florecida Sólo los rosales de la condesa permanecían intactos, pues nadie se atrevió á cortar sus flores