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s 2 r El huevo del ave Féni; UAXDO la condesa Imelda concluyó sus preces ante la imagen de Santa María Egipciaca, patrona y protectora de su estirpe, besó devotamente el pie de la bienaventurada pecadora y fuese á visitar la pajarera, enorme y dorada prisión de infinitas aves, cuj os vuelos y cánticos alegraban los díasde la condesa Imelda, ensombrecidos por aflictiva esterilidad. I ejos de su esposo, á C (uien retenían remotas guerras, la dama se apenaba en la soledad del castillo, y sólo las devociones largas y mir. uciosas, el cultivo de algunas flores y el cuidado de sus pájaros, entretenían algo el ánimo de la nobleseñora. Mas sobre todas estas distracciones pesaba la constante tristeza de su infecundidad, que amargaba la vida de la castellana, tornándole melancólicos y tenebrosos los salones, las galerías, los aposentos todos del castillo, donde no resonaban pasos menudos y corretones, ni alegres risotadas infantiles. Tratando de desechar aquel perenne pensamiento, la condesa Imelda había refinado sus aficiones, y en sus tiestos y macetas sólo cultivaba rosas muy raras y hermosísimas, y en el inmenso jaulón aprisionaba únicamente volátiles extraños, oriundos cíe lejanos países. En la pajarera se encerraban las más variadas especies. Con las aves grandes, guacamayos de escarlata, esmaltados faisanes, glaucos loros, cotorras moñudas, tórtolas ensangrentadas por roja mancha, se mezclaba la graciosa muchedumbre inquieta de los pájaros pequeños que, saltarines, goijcadores, infinitos en número, llenaban la jaula con el incesante revolar de sus cuerpos irisados, á los que las barras de su prisión rayaban de oro. Dentro de la cárcel se alzaban algunos arbolillos, y en una concha de mármol se abrevaban las lindas bestezuelas, mientras que vasos de nácar les ofrecían el regalo de mil diferentes semillas lucientes y tersas. Aunque aquella pajarera enorgullecía á su poseedora, su satisfacción se amenguaba, por la falta en ella de un pájaro prodigioso de existencia dudosa y casi paradógica, y así cuando alguien alababa el número y la rareza de los prisioneros, la condesa decía tristemente: Falta entre ellos la más hermosa de las aves, la más rara. Falta el ave F énix, cuyo pluiuaje es deslumbrador y cuyo cantoes dulce como la miel y atrayente como las ondas. Después de dichas estas palabras, la condesa Imelda siempre se entristecía, y confundiendo entonces la amargura de su esterilidad con el pesar causado por la ausencia del fabuloso pájaro, besaba una imagen de la Santa Egipciaca que pendía sobre su pecho, y suspirando le decía: ¡Oh Santa Patrona de nuestra casa! ¿por qué no realizas alguno de mis anhelos? No eres generosa, pues si lo fueras, ya que no fecundizas mi hogar, lo alegraríasalgo concediéndome lo que te pido. II Un día apareció ante el castillo una mujer muy vieja y astrosa solicitando un poco de pan. La condesa, que era caritativa y de compasivo corazón, hizo entrar en las cocinas á la anciana mendicante, y luego que la vio reconfortada, la interrogó sobre las causas que la hacían vagar por los caminosestando ya tan caduca y débil. Con palabra torpe y obscuros giros la mendiga narró una larga historia, de la cual dedujo la dama