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iLA nUüER Y A A S A j j Ü O se conoce otro invento más útil para llevar con arte una conversación. Con el abanico se pueden hacer muchas cosas, pero nunca tantas como con este precioso aparato. Así, por ejemplo, usted quiere entablar conversación sin descender del sitial de su dignidad ¡vaya una fig- urita! ¿eh? Pues coge u. sted los impertinentes y al mismo tiempo cierra los ojos, fingiendo una miop í a que esíd mtí- y lejos de- poseer... Pero no se los pone usted en seguida ante los ojos, lo cual sería una torpeza 3- una abdicación. Ouiá: al contrario. Comienza usted á fingir una atención profunda fijando el i m p e r t i n e n t e cerca de la boca y contemplando con l o s o j o s un ideal lejano. Sigue la conversación y, como es natural, usted necesita aparentar gran interés, pero un interés serio, sin el menor asomo de ironía, porque la ironía presupone confianza siempre peligrosa. Apoya usted con energía los lentes, sin dejar de fruncir el entrecejo por si acaso. Esto es como estar á la expectativa. Claro está que á semejante actitud debe seguir una declaración ó algo por el estilo. Entonces ha llegado el caso de levantarse y colocar los impertinentes en una actitud dubitativa. De lo que á esta actitud responda la otra parte beligerante, depende el último y definitivo movimiento délos impertinentes. Para aceptar las consecuencias, los impertinentes estorban. En cambio, para dictar una sentencia condenatoria, la postura es la que ustedes ven... y no necesita más comentarios. En u n a actitud dubitativa A Fots Muñoz de Bacna Dictar una sentencia condenatoria