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y lA C AI A LAS iVLANAXAS DE LONDRES os que lio hemos salido de nuestro cascaron madrileño, es d i f í c i que nos formemos idea del exquisito encanto de las i: añanas londinenses. En M a d r i d solamente algunos días del invierno tienen esas mañanas grises y brumosas, en las que de entre la niebla fría se ve surgir á las mujeres elegantes como las imágenes do un ensueño. Y lo peor es que no surgen, porque las madrileñas no suelen ser madrugadoras y sí muy írioleras. Su centro de operaciones no se e x t i e n d e más allá de la Carrera de San Jerónimo, calle de Alcalá é iglesia de las Pascualas. París ya es más madrugador, y con gusto recuerda todo el que lia -a pasado su temporadita parisiense el garbo y la despreocupación con c ue señoras y seI Tioritas so lanzan desde las ¡irimeras horas de la mañana al Bo s, ya llueva ó hiele ó nieve ó haga un tiempo de dos mil diablos. Pero en este punto, las londinenses a v e n t a j a n á todas las mujeres decididas y resueltas del mundo. Educadas en los deportes al aire libre, fuertes por constitución y por teriiperamento, las m u j e r e s de Londres se levantan muy de mañana, y desde la duquesa de Sutlierland que guía su costoso automóvil, hasta la señorita burguesa que conduce un minúsculo tonncau ó la gentil amazona que c a b a l g a sola ó acompañada, todas bañan sus c u e r p o s en el frío ambiente matinal y se hallan así preparadas para todo un día de emociones y de actividad. E j e m p l o digno de imitarse y capaz (dicho sea con toda formalidad) de sacar adelante á un pueblo. M 0 jm FOTOGR. AFr. S UE Í F MIXA