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Entre bromas y veras la pedí permiso para entrar en su aposento; JNIe lo concedió, abriéndome ella misma la puerta de la casa, 3 cuando contemplé de cerca sus encantos, comprendí que cuantas mujeres había amado eran zafias y bestiales comparadas con aquella flor de hermosura. D. Fabián calló un instante, mientras sus dedos recorrían presurosos los granos lucientes de un rosario. De un ciprés descendieron los divinos gorjeos de un ruiseñor. -Cuando dejé á doña Herminia- -signiió luego hablando con voz sorda, -empezaba á clarear. Al salir de su casa me ¡P volví para contemplarla otra vez, pero la ventana permanecía cerrada. Esperé un momento por si doña Herminia se asomaba para decirme adiós; mas viendo que no era así, reanudé mi camino. Marchaba gozoso atravesando callejas y pasadizos, cuando de pronto oí sonar en la penumbra un gemido, una queja dulce, suave, que parecía implorar ayuda. Rebusqué en la semiobscuridad del rincón donde nacía aquel plañido, y vi nacer de entre la sombra un cabritillo negro. Al verme, la bestezuela vino hacia mí moviéndose graciosa. Cuando estuvo cerca, volvió abalar con tono tan lastimero, que me condolí de él. ¿Te perdiste, pobrecillo? le dije movido de ese sentimiento que nos hace interrogar á los animales como si ellos pudieran contestarnos. El cabritillo tornó á quejarse, y buscándome una mano aproximó á ella la frialdad de su hocico, cual si me la besara. Aquel acto de sumisión me subyugó por completo. Inclinándome al suelo, cogí al animal y me lo eché sobre los hombros. Su cabeza pendía sobre mi pecho. Aquí- -dijo el fraile señalando al corazón, -aquí se apoyó T n estremecimiento cortó el relato del monje. Entre los pliegues del sayal volvieron á desgranarse! las cuentas del rosario. D. Fabián se aproximó más á su compañero y siguió casi en voz baja, en tanto que la luna resbalaba sobre los cipreses. Su cabeza se apoyaba sobre mi corazón. ¿Oís? sobre mi corazón. Pues bien; en tal guisa seguí mi camino, mientras el espíritu de la impureza, rey entonces de mi alma, me hacía rememorar los encantos sublimes de la misteriosa doña Herminia. Mis labios cantaban loores y alabanzas en honor de aquella perfecta hermosura. Ningún fuego es comparable con el de sus- ojos sombríos. ¿Qué tez hay que iguale la suya? Sus manos son niarfilinas y dulcísimas; 3 hallando que aquel soliloquio no era bastante triDuto á belleza tan maravillosa, me dirigí al animal, que apo 3 aba su cabeza sobre mi corazón: ¡Oh cabritillo amigo! -dije mirándole sonriente. -Nunca habrás visto cabellos como los de mi amada, ni frente tan pura, ni boca tan fresca y exquisita. Sus labios son de cereza, carnosos, y tan bermejos, que junto á ellos la sangre es pálida cera, y sus dientes son iguales, perlinos... Entonces, ¡ah! entonces- -dijo estremeciéndose ü Fabián, -entonces el cabrito alzó algo su cabeza, miróme con sus gatunas pupilas hendidas, entreabrió sus belfos, 3- mostrándome la doble fila de sus dientes blanquísimos con infernal sonrisa, me preguntó quedamente: Don Fabián; ¿son esos dientes como los míos? El terror me hizo invocar el auxilio de la piadosísima Virgen María, nuestra Madre, y Ella me salvó de aquel trance terrible; pues al oir su bendito nombre, el malo abandonó la apariencia engañosa de que se revistiera, y huyó de mis hombros, tras escupir un espumarajo ardiente que abrasó mi jubón. Comprendiendo el peligro corrido, me hinqué allí mismo de rodillas é hice voto de recluirme en clausura, si Dios me lo permitía. A poco entré en este convento. Después dé un instatite de silencio, el otro fraile preguntó á D. Fabián: ¿Y nunca volvisteis á saber de doña Herminia? -Al pretender averiguar algo acerca de ella, me fué imposible descubrir la plaza donde la vi. Sin duda, el cabritillo y doña Herminia y su casa fueron visiones infernales, con las que quiso el Protervo hácerine suyo. -Y después de callar un trecho, D. Fabián concluyó: -Os aseguro, hermano mío, que las añagazas del malo son sutiles y están- urdidas con gran ingenio. Nadie, al contemplar los dientes de doña Herminia, los pudo creer obra de Satanás, pues brillaban en el estuche de su boca como esa estrella en el cielo. Y la mano de D. Fabián, abandonando el rosario, se alzó para señalar á Venus, que palpitaba trémula sobre los cipreses obscuros. LRMA: liAJORREI. lEVES IJE COUI. 1. AUT VALEKA TRADITORE CNÚM- ERO? A r E NUEsrJiO C O N C U R S O D E C U E N T O S F A N T Á S T I C O S)