Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
J u l fc- i. XvOa D A S E A N D O por el claustro, acariciados por el olor de las rosas del huerto, los dos frailes hablaban. -A mi vuelta de Flandes hallé á doña Dorotea casada. No tuvo paciencia para aguardarme La desesperación me condujo á este convento. Han pasado los años, v hoy mi espíritu alaba y bendice al Señor, que me trajo á puerto. El monje, al concluir su relato, cruzó las manos sobre el pecho y oró un instante en voz baja. Luego, dirigiéndose á su compañero, le preguntó: ¿Y á vos, qué trance os empujó á refugiaros en este asilo? El fraile interrogado, antes de responder, contempló los negros obeliscos de los cipreses que se afilaban sobre el cielo anaranjado por el crepúsculo, y suspirando, contestó: No me trajeron á este refugio tempestades de la vida terrena como á vos, y si me acogí al convento fué por huir del terrible misterio sobrenatural que nos rodea á todo instante y que aquí parece menos temeroso. Venid- -siguió, -venid, hermano mío, alejémonos de estas sepulturas antiguas, donde el diablo anida entre huesos culpables. Venid junto la cruz del huerto; ella nos protegerá y me ayudará á contaros la historia de doña Herminia y de sus dientes. Llegados á la cruz, los dos religiosos se signaron ante ella, y luego sentáronse en los escalones que la alzaban del suelo. La noche llegaba pausada y solemne. El vientecillo tibio traía lejanos gemidos de tórtolas, y en el pálido cielo. Venus brillaba tranquila. -En el mundo me llamé D. Fabián de Entenza- -dijo el fraile después de un instante de silencio, -y puedo afirmaros, hermano mío, que en Segovia entera no hubo quien jugase con más suerte, enamorara con más éxito y justase con destreza y elegancia mayores que las mías. Durante bastantes muchos años, fui el terror de padres y maridos, la providencia de tahúres y posaderos y el escándalo de la ciudacl toda. Ninguna reprensión me detenía en mi camino, y despreciando los consejos de cuantos me querían bien, no cejaba en mis torpezas y liviandades, ansiando siempre lo nuevo, despreciando lo conseguido y riéndome de las lágrimas que nacían con mis caprichos. Una noche tornaba yo á mi casa, después de haber bebido y jugado con mis compañeros de francachela. Era una noche como ésta que nos oye, plácida, tibia, llena de alientos de flores y de amorosas quejas de aves. Estaba alegre, pues había ganado durante toda la velada, y el contento me hacía canturrear entre dientes una cancioncilla amorosa. Llevaba andado más de medio camino cuando al entrar en una plaza irregular, vi su sombrío espacio iluminado por la claridad que hacía tras los barrotes de una ventana. Al mismo tiempo llegaron á mis oídos los últimos versos de la canción que yo cantaba, entonados por una voz maravillosa, clara, fresca y tan armoniosa como debe ser la de los ángeles del Paraíso. Los versos sonaron en el silencio de la plaza, y después que se extinguieron, la figura de una mujer vestida de blanco se aproximó á la reja repitiéndolos, como si llamase á alguno. Lleno de curiosidad me acerqué á la ventana, y saludando á la desconocida, la dije: -No llaméis más Aquí estoy dispuesto áserviros; -y viéndola muy hermosa, añadí: -Pronto á amaros, á dar mi vida por vos- -Os esperaba- -repuso tranquilamente la dama, pasando entre los hierros una mano de nácar que aproxime a mi boca. -Os esperaba- -repitió. -Sabía que vendríais, D. Fabián de Entenza. ¿Me conocéis? -la dije absorto, pues yo nunca la había visto hasta aquel instante. -Sí. Os conozco. Sé lo que habéis hecho antes de venir aquí, adivino lo que os sucederá cuando os marchéis. ¿Quién sois? -la pregunté sorprendido. -Llamadme Doña Herminia- -repuso la dama. ¿Os gusta este nombre? Respondiendo como caballero galante, la dirigí entonces infinitas lindezas y cortesanías, á las que respondió discreta y cultamente.